Tengo un amigo que dice que en los momentos de la disputa es cuando salen a flote las mayores miserias. Comparto. Agregaría a esta sentencia una especie de teorema (los teoremas en la política argentina tienen mala fama después del radical Baglini, pero bueh...) que se podría enunciar de la siguiente manera: "el grado de miserabilidad y egoísmo político de un sujeto es inversamente proporcional a la fortaleza de sus convicciones".
Pregúntenselo a Jauretche si no me creen. Nombre importante si los hay en nuestro panteón nacional y popular, el hombre fue sistemáticamente dejado de lado o directamente corrido de la disputa por el mismísimo General. Sin embargo, en toda su historia Don Arturo jamás se corrió un ápice de su pertenencia al Movimiento Nacional y -más allá de las permanentes rispideces con Perón- siempre puso por delante sus convicciones respecto de su interés o ambición individual.
Inmenso ejemplo si los hay de esa máxima peronista que sostiene que Primero está la Patria, después el Movimiento y por último los hombres.
Un cierre de listas (como todo momento de disputa), y más en el peronismo, suele ser una experiencia no apta para cardíacos, para almas puras, ni para egos demasiado elevados.
Siempre hay movimientos bruscos de último momento, incertidumbre y definiciones contrarreloj que aceleran las pulsaciones de los participantes y los espectadores interesados.
Siempre también hay algún sapo que tragarse, de distinto tamaño y tenor de acuerdo a las condiciones de esa disputa y al grado de purismo y virginidad política del esófago en pena.
Por último, también siempre hay menos lugares expectantes en las listas que subjetividades que se creen merecedoras de los lugares centrales de protagonismo.
Quien no entiende o desconoce esas tres variables, no conoce las reglas de la política. O, al menos, desconoce cuáles son las formas concretas que adquiere la disputa por espacios de poder hacia el interior de un proyecto político en momentos de relativa estabilidad. Y es que de eso estamos hablando: no de la gran disputa entre proyectos antagónicos -que es la disputa a la que asistiremos en octubre- si no de las tensiones hacia el interior de nuestro propio campo.
Lamentablemente, hay algunos compañeros que reivindican cierto jacobinismo y lo consideran necesario para la nueva etapa de este proceso de transformación. Eso sí, siempre y cuando ellos encarnen a Robespierre.
También hay otros que creen fervientemente en que los exponentes de la denominada vieja política deben ser reemplazados por militantes y nuevos dirigentes que expresen genuinamente la transformación en marcha desde 2003. Eso sí, se miran al espejo y se sienten predestinados a ser los protagonistas de la renovación que pregonan.
Por último, están los que se muestran inmensamente lúcidos a la hora de analizar procesos políticos o históricos, desde la Grecia antigua hasta la revolución cubana, pero se les nubla la vista cuando tienen que pensar el presente, el aquí y el ahora.
Como diría un filósofo chino: hay que encontrar el justo punto y hacer un análisis que sin dejar de ser apasionado, tome la suficiente distancia y mire el proceso político en perspectiva, despojado de egoísmos, divismos y falsas contradicciones.
Y entonces, y volviendo a lo mundano, mirando el resultado del cierre de listas del Frente para la Victoria, no podemos hacer otra cosa que festejar.
Hay una inmensa muestra de autoridad por parte de quien encabeza y encarna este proceso de transformación, que no es otra que nuestra Presidenta.
Hay un ostensible protagonismo de la juventud y la militancia en lugares expectantes, como no se daba en nuestro país desde 1973.
Hay un innegable aroma a profundización del camino emprendido en 2003.
Si pensamos que los procesos históricos los protagonizan los pueblos, los colectivos más que los individuos, a cada quien le puede gustar un poco más o un poco menos tal o cual nombre, tal o cual inclusión, o tal o cual exclusión de las listas. Lo que no puede suceder es que el gusto personal prime por sobre el análisis de conjunto.
Y esa es una parte fundamental también, de la batalla cultural que estamos librando. Con el enemigo y con nosotros mismos.
Como me dijo otro compañero hace poco:
Es la hora de los leales a este proyecto
Levantemos la copa por ello.
Somos soldados del pingüino.
viernes, 1 de julio de 2011
martes, 21 de junio de 2011
EL PANCHERO DE CALLE CORRIENTES Y LA BATALLA CULTURAL
El cartel, escrito a mano y con la mayor prolijidad posible, reza “Sin joda. El mejor pancho de Capital”. En la Avenida Corrientes , casi esquina Montevideo, los transeúntes apurados observan de costado el cartel y sonríen. Algunos, unos pocos, se detienen y compran algunas de las delicias anunciadas.
Hasta aquí, nada demasiado sorprendente para quien esté acostumbrado a recorrer las calles de cualquier gran ciudad de nuestro país. Lo que llama la atención es lo que sigue. En otra hoja, adosada a la que sostiene la leyenda antes descrita, en prolijas letras impresas en computadora, fondo rojo y borde negro, se lee “NAC & POP”.
Me detengo.
Acerco mi mirada y, por debajo y en letras más pequeñas, también de computadora, continúo leyendo: “Nuestros panchos son 100 % carne, ahumada y con piel! Nuestros panes artesanales. Los chivitos y hamburguesas de prima. La onda rioplatense no es mac, es nac”.
En primera instancia refriego mis ojos para ver si leí bien. Corroboro que entendí e intento reconocer al dueño del puesto de panchos. Debe ser un compañero, Capaz que lo conozco, me digo a mí mismo.
Observo detenidamente al morocho que mientras empana salchichas y las riega con ketchup a toda velocidad canturrea una melodía, pero no lo reconozco. Presto atención entonces a la radio encendida, con música a medio volumen, esperando escuchar una zamba de Zitarrosa o de Yupanqui; tal vez un tango del Polaco; a lo sumo algún tema la Bersuit , Divididos o Los Piojos. Pero no. Suena un reggaeton poco militante y el desconcierto es casi total.
No entiendo ¿Será que mis prejuicios de pequebú no me permiten comprender del todo la profundidad de lo que está pasando a nivel cultural en nuestro país? ¿Estaré tan colonizado por el discurso progre universitario que tanto mamé, como para sorprenderme ante algo que simplemente debería alegrarme? ¿Seré un pichón de Beatriz Sarlo (menos gorila por cierto) que se siente descolocado ante la naturalidad con la que los sectores populares expresan su adhesión ideológica al proceso político en marcha?
Me espanto de sólo pensar en estas cosas, y detengo la autoflagelación ideológica en este punto, aunque no encuentre una definitiva respuesta a tan angustiantes preguntas.
Para consolarme recuerdo, en cambio, que hasta hace no demasiado tiempo, decirse nacional y popular era algo poco común, ajeno al lenguaje cotidiano y decodificable tan sólo en los círculos militantes. Para algunos, incluso, era una extravagancia o un anacronismo. Incluso para algunos de los que hoy forman parte de esto que se denomina kirchnerismo.
Es común identificar los signos de los tiempos que corren en los grandes escenarios y las grandes discusiones. Un estadio o una plaza llena hace varios años que dejaron de sorprendernos. Las discusiones respecto de la objetividad de los relatos acerca del pasado y el presente en horario central televisivo son cosa a esta altura cotidiana. Y en esos grandes escenarios y discusiones es donde solemos ver la profundidad del cambio producido en estos ocho años.
Sin embargo, es en la cotidianeidad de los ignotos, es en la experiencia diaria de los pancheros de la calle Corrientes o las maestras jardineras de Llavallol, en el lugar en el que se libran los combates decisivos de esta batalla cultural inmensa que estamos dando.
Y este relato que termina, es el relato de dos pequeñas victorias paralelas que expresan parte de esa batalla, que se libra tanto en la conciencia política de los laburantes, como en los prejuicios de nuestra clase media comprometida e informada.
Esto es así, aunque la Sarlo (vade retro) sostenga livianamente que en este país “casi nadie discute de política”.
lunes, 20 de junio de 2011
EL KIRCHNERISMO Y EL FIN DE LA NOSTALGIA (reload 2)
Esta nota fue publicada por los amigos y compañeros de militancia kreativa en una recopilacion de artículos sobre los ocho años del kirchnerismo que recomiendo fervientemente:
Acá va la versión original y completa.
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¿Qué decir que no se haya ya dicho de estos ocho años que comenzaron aquel cercano y lejano al mismo tiempo 25 de mayo de 2003?
¿Cómo intentar expresar algo de lo que representó y representa el kirchnerismo, sin caer en la repetida e interminable enumeración de medidas a la que estamos –en buenahora- acostumbrados a escuchar o recitar en charlas familiares, discusiones y discursos?
¿Desde qué lugar describir con relativa originalidad los sustanciales cambios políticos, sociales y culturales que se produjeron en el ciclo histórico que transitamos y pretendemos seguir transitando?
La salida que se me ocurre es hablar, simplemente, desde la propia subjetividad. De lo que significó y significa el kirchnerismo para mí y para aquellos con los que comparto la cotidianeidad militante desde hace años.
De paso, me pongo a tono con la moda en ciertos ámbitos de la literatura política e histórica “seria”, que aborda los procesos de mediana y corta duración a partir de las transformaciones que se producen en la vida cotidiana y en las “subjetividades”. Desde esta perspectiva: ¿Qué mejor manera de explicar un profundo cambio cultural como este del que somos parte que a partir del cómo se traduce ese cambio en nuestro día a día y en las perspectivas con las que miramos el mundo y abordamos nuestra acción cotidiana?
Provengo de una familia de militantes. Hijo de militantes. Sobrino de militantes. Nieto de militantes. Desde pibe, en sobremesas y reuniones familiares, me acostumbré a la conversación política y me formé en mi comprensión de lo histórico con una derrota a cuestas, que tiñó desde un primer momento mi percepción de la realidad y de la política.
Mis primeros años de militancia –compartida con varios de los compañeros con los que aún caminamos senderos comunes- fueron en la UES de La Plata , con los últimos estertores de la llamada primavera democrática, y cuando aún la renovación peronista representaba cierta esperanza de resignificar y remontar la derrota de los setenta. Mis compañeros y yo éramos todos o casi todos hijos de militantes y nos formamos leyendo los mismos libros que nuestros viejos, más las pocas publicaciones disponibles respecto de la historia reciente.
En esa época teníamos esperanza, es verdad. Pero era una esperanza nostálgica, centrada en la reivindicación de una historia no vivida por nosotros. Nos sentíamos herederos y continuadores de una experiencia histórica inmensa, gigante; pero andábamos a los tumbos como guardiantes de una tradición abandonada, o como incomprendidos portadores de una épica a destiempo.
Apenas recorridos esos primeros pasos, los noventa, el neoliberalismo y la caída del muro de Berlín derrumbaron el edificio que cimentaba nuestra militancia y nos encontramos desnudos y desamparados frente a una realidad que no figuraba en los manuales que habíamos leído. El peronismo que nos habían contado no existía más y el desconcierto parió la dispersión. Entonces, oscilamos entre el refugio de la vida privada y diversas alquimias políticas, culturales y/o sociales que variaban en sus grados de resistencia e integración respecto del orden neoliberal, pero que no lograban constituirse en ningún caso como espacio común para la militancia, para todos los militantes nacionales y populares.
Y en esos años de resistencia, escepticismo y/o desesperanza, nos acostumbramos a la derrota, nos acostumbramos a perder. Porque si bien hubo innumerables experiencias de resistencia al neoliberalismo de las que participamos, si bien hubo ejemplos encomiables de lucha y de construcción, lo cierto es que en términos subjetivos nuestra mirada estaba más centrada en el espejo de un pasado irrepetible que en un horizonte que sentíamos como árido y hostil. Nuestra utopía seguía estando detrás muestro.
El 25 de mayo de 2003, deus ex machina mediante, todo cambió de manera inesperada y nuestra subjetividad militante dio (sería más preciso decir que fue dando) un giro copernicano.
Es cierto que la llegada de Nestor al poder sería impensable sin la crisis terminal del 19 y 20 de diciembre de 2001. También es cierto que la resistencia al neoliberalismo se fue forjando en la calle y generó el plafón sin el cual esta experiencia histórica no sería posible. Nadie en su sano juicio puede discutir eso. Tampoco que este proceso político es parte de un proceso regional más general de salida de la noche neoliberal y de construcción de proyectos populares desde el Estado.
Sin embargo, la llegada de Nestor al gobierno fue una anomalía que sorprendió a todos. A nosotros y a ellos.
Día a día, semana a semana, mes a mes y medida de gobierno a medida de gobierno, fuimos sintiendo por primera vez en nuestra vida que un Gobierno cinchaba del mismo lado que nosotros. Al principio con desconfianza, luego con algo de sorpresa, finalmente con entusiasmo, nos fuimos convenciendo de que este gobierno era nuestro gobierno.
Como los amantes desolados que vuelven a vivir el amor después de mucho tiempo de soledad y escepticismo, nos costó darnos cuenta del todo, pero un día despertamos y de repente nos dimos cuenta que habíamos dejado de añorar épicas pretéritas y estábamos viviendo nuestra propia primavera.
Y entonces nos enamoramos definitivamente de Nestor. Y lo quisimos como quisimos y queremos a pocos. A muy pocos en toda nuestra historia.
Vaya paradoja, el discurso de la derecha y los medios hegemónicos suele tildar al kirchnerismo de nostálgico, debido a su política de memoria, verdad y justicia y su reivindicación de la experiencia política de los setenta. Nada más erróneo. Porque si hay algo que caracteriza a los procesos transformadores es que al construir su propia épica refundan la afectividad de quienes forman parte del mismo, dotándolos de una nueva mística y un nuevo relato que, aunque anclado en tradiciones anteriores e incorporándolas al nuevo proceso, se plantee reivindicaciones y objetivos novedosos, acordes con el contexto histórico en que se desenvuelve.
En este caso en particular, además, el haber avanzado en el juicio y castigo a los genocidas y los responsables del saqueo y la ignominia se transformó en la condición de posibilidad de encarar, justamente, un nuevo proceso transformador a favor de los sectores populares.
En 1996, al conmemorarse los veinte años del golpe genocida, se estrenó la película de “Coco” Blaustein, “Cazadores de Utopías”. Recuerdo el monólogo final de “Piraña” Salinas, antes de la única, monumental versión grabada de La montonera del Nano Serrat sobre la que se ven los títulos del documental.
Recuerdo casi exactamente sus palabras, que ponían el broche final al film: él decía, desde el dolor de la derrota, que se sentía orgulloso de haber formado parte de esa generación, de haber formado parte de esa juventud maravillosa, de haber sido protagonista de la historia, de esa historia. Incluso, agrego yo, más allá del resultado final.
Recuerdo también la extraña mezcla de ternura, nostalgia y envidia que sentí la primera vez que lo ví y lo escuché: ser protagonista de un proceso transformador es el sueño de todo militante popular, el . Por esos años, sin embargo, la expectativa de que la historia nos diera esa oportunidad parecía remota y hasta inverosímil. Parecía que no quedaba más remedio que resistir y seguir añorando una historia no vivida por nosotros.
Entonces, eso es lo que significaron estos ocho años de kirchnerismo, para mí y para muchos de nosotros, en términos de nuestra más íntima subjetividad: El fin de la nostalgia. El fin de la nostalgia y el comienzo de una etapa de la que podemos enorgullecernos, como “Piraña”, de ser protagonistas.
La diferencia a favor nuestro, es que esta vez no habrá derrota.
sábado, 18 de junio de 2011
DEBUTANTE (reload)
Como un adolescente en la puerta de algún viejo tugurio, con las manos sudadas de nervios y con cierto temblor en la mandíbula, el novel bloguero se decide a cruzar la puerta que -dicen los amigos y familiares experimentados- cambiará sus días a partir del instante en que lo haya hecho.
"¿Será para tanto?", se pregunta con cierta incredulidad el debutante, y aunque las señales de su cuerpo le den la razón al mito, una supuesta racionalidad lo azota de incertidumbres y torna dubitativos cada uno de sus pasos.
Paulatinamente, el vértigo lo cubre todo y el muchacho decide dar el paso, ese paso que quizás sea uno más pero que también es posible sea un hito: el fin de una etapa y el comienzo de otra.
Allá, al fondo del pasillo por el que se adentra, voces ninfáticas lo seducen con promesas perturbadoras e indecibles y lo invitan a profundizar sus pasos.
Sin embargo, y de repente, una enceguecedora luz conmueve todos sus sentidos y un atronador grito lo estremece. Se detiene y vuelve a dudar, hasta que en medio del desconcierto ve signos y oye voces que lo hacen sentir más cómodo y seguro.
Es que son los signos y las voces de siempre, aquellas que más allá de lo cenagoso del terreno que camine, le sirven de faro y de guía: intuye un uniforme y un caballo pinto; vislumbra un rodete en una cabellera rubia y una flor roja de ocho pétalos; escucha versos conocidos y se dice a sí mismo:
"VIVA PERON! Estamos en casa"
"¿Será para tanto?", se pregunta con cierta incredulidad el debutante, y aunque las señales de su cuerpo le den la razón al mito, una supuesta racionalidad lo azota de incertidumbres y torna dubitativos cada uno de sus pasos.
Paulatinamente, el vértigo lo cubre todo y el muchacho decide dar el paso, ese paso que quizás sea uno más pero que también es posible sea un hito: el fin de una etapa y el comienzo de otra.
Allá, al fondo del pasillo por el que se adentra, voces ninfáticas lo seducen con promesas perturbadoras e indecibles y lo invitan a profundizar sus pasos.
Sin embargo, y de repente, una enceguecedora luz conmueve todos sus sentidos y un atronador grito lo estremece. Se detiene y vuelve a dudar, hasta que en medio del desconcierto ve signos y oye voces que lo hacen sentir más cómodo y seguro.
Es que son los signos y las voces de siempre, aquellas que más allá de lo cenagoso del terreno que camine, le sirven de faro y de guía: intuye un uniforme y un caballo pinto; vislumbra un rodete en una cabellera rubia y una flor roja de ocho pétalos; escucha versos conocidos y se dice a sí mismo:
"VIVA PERON! Estamos en casa"
Nunca Menos
No podía ser de otra manera.
Para relanzar este blog kirchnerista no tengo más alternativa que arrancar con el Nunca Menos.
De paso, para los que no la tenían, adjunto la letra completa, bastante más larga que la parte que fin de semana a fin de semana vemos y oímos en el Futbol para Todos.
Que les sea leve.
Y ojalá me lean, al menos de tanto en tanto
----------------------------
NUNCA MENOS
Lágrimás que riegan todo el suelo en primavera
de tu mañana azul
que llora y rie
nombre que se talla para siempre en la madera
de los que sin estar
están y viven
Voces que te nombran y se aferran al color
de esa insolencia alegre
que inventaste
ríos muchedumbres de un subsuelo que volvió
para quedarse acá
para quedarse
¿Será verdad
que te fuiste con la historia
o será que aún no despertamos
y que con una antorcha nueva
en cada mano
vas a volver
cubriéndonos de gloria?
Nada más al sur de esa indómita armadura
hecha de ayeres
blindada de ausencias
mágica de amores y de sueños que perduran
sin arrumbarse
en ninguna puerta
Todas esas risas que viniste a restaurar
desde un recóndito
rincón dormido
hoy cubren las paredes que no pueden derrumbar
los que sin luz ni sol
están perdidos
¿Será verdad
que te fuiste con la historia
o será que aún no despertamos
y que con una antorcha nueva
en cada mano
vas a volver
cubriéndonos de gloria?
Y esos mil jirones que dejaste en el camino
serán retazos si
de una bandera
marcas imborrables en el cuerpo
que elegimos
llevar hasta el final
y nunca menos
CORO MURGUERO
Nunca menos
que ese fuego en la mirada
que las voces acalladas
retomando la canción
Nunca menos
que tu nombre en las banderas
que tu plaza siempre llena
de esperanza y de pasión
Nunca menos
que pañuelos en tu casa
Nunca menos
que justicia sin perdón
Nunca menos
que el paisaje repetido
de este sur tan aguerrido
y diciendo al fin que no
Nunca menos
que esas risas desdentadas
aguantando la parada
que supieron conquistar
Nunca menos
que un enjambre de morochos
arruinandoles la foto
a los que no vuelven más
Nunca menos
que los pibes en el centro
Nunca menos
que vivir con dignidad
Nunca menos
que la Patria que soñamos
Nunca menos
Ni un paso atrás
-----------------------------
De yapa, van:
1- el video completo subido por Cañete
http://www.youtube.com/watch?v=G9l5XAFlSkI
2- la publicación original en face de la letra, la noche que se cumplían dos meses de la muerte de Nestor.
http://www.facebook.com/?ref=home#!/note.php?note_id=489206117719
3- los acordes para tocarlo en guitarra en actos, fogones y otras yerbas
http://www.facebook.com/?ref=home#!/note.php?note_id=10150100075662720
-------------------------------
Nos estamos viendo, compañeros y amigos
jueves, 16 de septiembre de 2010
¿PUNTO DE INFLEXIÓN? Apurados apuntes en torno al acto de la Juventud en el Luna Park
En ese sentido, la primera reflexión que surge es que la composición del acto tuvo centralmente algunas características fundamentales y distintivas, que lo diferencian de otros actos y que tienen implicancias de cara a los análisis posteriores: fue un acto eminentemente juvenil; fue un acto sorprendentemente heterogéneo; fue un acto casi exclusivamente militante; fue un acto con una mística novedosa. Y todo esto, que quizás parezca una obviedad, implica de cara al análisis algunas derivaciones respecto de cada una de estas características.
EL REGRESO DE
En primer término, el componente eminentemente juvenil de los más de diez mil compañeros que colmaron las instalaciones del estadio y sus alrededores, es representativo de un dato de la realidad política argentina actual que quizás no esté demasiado analizado y valorado: el kirchnerismo -entendido como una identidad en sentido amplio, y obviando todos los matices- ha logrado penetrar en la juventud como ninguna identidad política desde el retorno de la democracia había logrado hacer.
Quienes militamos desde hace más de veinte años y hemos atravesado los diversos escenarios políticos de las últimas décadas, podemos dar cuenta de ello y podemos intentar sacar algunas improvisadas conclusiones al respecto: en principio, nos encontramos en una instancia en la que decididamente parecen haberse revertido las coordenadas de la despolitización que caracterizaron el proceso de dominación iniciado con la dictadura militar y desmoronado a partir de 2001. Esto parece estar ligado, por una parte, al definitivo cierre del "ciclo del miedo" a la participación política y, por el otro, al entusiasmo que genera la transformación política encarada por el kirchnerismo y -fundamentalmente- al aspecto que los comentaristas mediáticos más nos cuestionan y que ellos denominan livianamente "espíritu confrontativo" o "crispación". La lección -que hoy parece obvia pero que durante mucho tiempo para muchos no lo fue- es que los sectores juveniles acompañan este proceso porque se anima a enfrentar los intereses que hasta hace poco tiempo parecían intocables: los de las corporaciones mediáticas, económicas y religiosas.
Al mismo tiempo, esta explosión de participación y movilización de los sectores juveniles es un reaseguro para el campo popular en el mediano plazo y de cara a las batallas que se avecinan, ya que estos actores son uno de los arietes fundamentales (junto con las organizaciones sociales y los sindicatos) que tensarán en lo próximos años y trascendiendo incluso las disputas electorales, a un peronismo imprescindible para gobernar este país, pero muchas veces más tendiente a un cierto concepto de gobernabilidad "moderada" que a la modificación estructural de una sociedad que sigue siendo injusta.
Otro elemento a tener en cuenta en el análisis y que es inseparable del punto anterior, es el de la sorprendente heterogeneidad en la composición de los asistentes al acto. Militantes sindicales y de organizaciones sociales, militantes juveniles tradicionales y blogueros k, seguidores de 678 e integrantes de los Putos Peronistas, estudiantes y facebookeros, secundarios y militantes del conurbano bonaerense, más allá de los porcentajes (es obvio e innecesario aclarar que la mayor cantidad de los participantes se encontraban "encuadrados" en las organizaciones más conocidas y representativas) dan un indicio más del por qué de la penetración y el entusiasmo que genera el kirchnerismo en los sectores juveniles: porque logra interpelar y articular distintas tradiciones políticas y culturales. Porque asumió las reivindicaciones y comprendió el lenguaje de las diversas juventudes que componen el heterogéneo mapa de la Argentina contemporánea. Porque sintetiza a quienes se reivindican en la tradición militante de los setenta con los que durante los últimos años centraron su participación en la ampliación de los derechos de las minorías. Porque emociona cantando la marcha y se enfervoriza en el grito maradoniano.
Y comprender esta heterogeneidad implica, asimismo, comprender la imposibilidad de cualquiera de "las partes" de ese todo, al menos en esta instancia, de hegemonizar al conjunto. Un dato característico de esta etapa -tanto en términos políticos como culturales- es la inmensa diversidad de demandas e identidades que es necesario articular para construir una mayoría política que sirva de sustento para la profundización de este proceso. Y decir esto es todo lo contrario a sostener una posición liberal o relativista: justamente, si lo que pretendemos es consolidar un proyecto político que conduzca y hegemonice al conjunto de la sociedad (en este caso particular, de la juventud), la construcción de esa hegemonía "hacia afuera" está indisolublemente ligada a la heterogeneidad "hacia adentro", lo que de ninguna manera implica -más bien todo lo contrario- que alguna de las partes resignen su identidad y sus posiciones políticas específicas.
La hegemonía no se construye desde la homogeneidad interna (al menos en una etapa como esta), si no que sólo será posible en tanto y en cuanto formen parte de este proceso político y aumenten su protagonismo y su acumulación tanto aquellos que centran su práctica en la construcción de una "tendencia revolucionaria" como aquellos que se sienten "ortodoxamente kirchneristas", tanto quienes militan en la universidad como los que lo hacen en un sindicato y tanto los que luchan por los derechos de los pueblos originarios como los que disparan sus posiciones desde la soledad de un blog. En realidad, nada demasiado novedoso decimos si pensamos que nos anclamos en la tradición movimentista y frentista del mejor peronismo.
Otro elemento central, analizado someramente más arriba y que da cuenta de manera fundamental del comienzo de una nueva etapa, es la reaparición de la militancia más genuina y transformadora de manera masiva y apabullante. Si algo se sintió ayer en el Luna Park, fue que -con todos los matices que desarrollamos en el punto anterior- hay una nueva militancia que retoma lo mejor de la tradición del campo nacional y popular e incorpora nuevos elementos ligados a las contradicciones y demandas específicas de la actualidad.
Una nueva militancia que, sin ser ingenua ni cándida, parece no estar contaminada por el liberalismo que atravesó la política argentina durante los años 80 y 90. Una nueva militancia que se forjó decididamente al calor de la lucha en contra de los poderes fácticos de este país y no en la perspectiva de la carrera política individual, y cuya matriz de formación está indisolublemente ligada a la idea de la construcción de un país con justicia social, independencia económica y soberanía política. Una militancia que quiere disputar poder y condicionar el proceso político pero con un claro objetivo liberador y no especulativo.
Esta reaparición masiva de la militancia como actor de la política, a la que muchos habían enterrado en los escombros del muro de Berlín y la convertibilidad, es de una importancia estratégica en la coyuntura actual y en el mediano y el largo plazo. En la coyuntura actual, porque como decíamos antes, será un factor esencial de agitación y movilización en la disputa política del presente, tensionando al mismo tiempo a los sectores del peronismo menos proclives a una transformación profunda de nuestra sociedad. En el mediano y en el largo plazo, porque si hay algo que demuestra este proceso político y quienes lo encabezan, es que la matriz original de formación de una generación de militantes atraviesa toda su vida política. Entonces, esta nueva militancia será al mismo tiempo punta de lanza en los momentos de avance como potencial retaguardia en caso de retrocesos momentáneos, lo que es una garantía para la defensa de los intereses nacionales y populares de cara al futuro.
El Luna Park lleno, repleto de banderas que se agitaban y de voces que entonaban las estrofas del Himno o de
Durante los primeros años del kirchnerismo, la mística militante estuvo casi absolutamente ligada a la herencia de la tendencia revolucionaria de los setenta, lo que era correcto y absolutamente compresible. Quienes encabezaban el proceso político y quienes ocupaban lugares centrales en el dispositivo político y en la gestión eran en su abrumadora mayoría militantes de aquella juventud maravillosa. Al mismo tiempo, el relato que se construyó y que galvanizó a los diferentes espacios dispersos en diversas experiencias durante el neoliberalismo y reunificados a partir del liderazgo de Néstor Kirchner, fue un relato que hizo eje en la reivindicación de esa experiencia histórica y en la idea de plantearse como continuidad de
Las identidades políticas, la estética y los nombres de las agrupaciones, los cantitos y los colores de las banderas estuvieron definidos fundamentalmente por esa ineludible herencia cultural y política. Muchos de aquellos que, sin haber sido parte de la experiencia de los setenta nos formamos políticamente en esa tradición, nos sentimos como en casa cantando las canciones que nuestros viejos o nuestros hermanos mayores habían entonado en la puerta de Devoto el 25 de Mayo del 73. Sin embargo, la mística de un proceso político necesita construirse dialécticamente entre la tradición política en la cual ese proceso abreva y las contradicciones, demandas y luchas del momento en el cual se ejerce la militancia.
La cuestión, muchas veces debatida entre compañeros, era cómo se hacía para construir una mística de este proceso político que no fuera una simple readaptación de la mística de los setenta. Y esa mística no podía decretarse ni construirse en un laboratorio, porque la mística se construye en la acción política y -fundamentalmente- en la lucha, en la internalización de un proyecto colectivo y en la identificación de los enemigos de ese proyecto.
Entonces, a partir de la 125 y de la Ley de Medios, a partir de
Porque los miles de compañeros menores de treinta años que explotaron el Luna con banderas, bombos y consignas ya construyeron esa mística y nos la contagiaron a todos los que desde los comienzos de nuestra militancia estábamos esperando que pasara lo que finalmente ayer vimos y sentimos. Porque cuando los pibes de "La Cámpora" y de los "Desca", cuando los cumpas de
Que tiempos gloriosos que se avecinan. A militarla de sol a sol.
|
lunes, 6 de septiembre de 2010
En el día de la fecha
Cuarenta años ha, la historia dobló de mala manera en una esquina del conurbano. Hablar de lo que hubiera sido de no haber sido lo que fue, sería imposible y hasta casi irrespetuoso. Lo contrafáctico no es dimensión a tener en cuenta cuando nos referimos a aquellos que centraron su práctica en el hacer, en el hacer por otros. Entonces, de lo único que se puede hablar es de lo que efectivamente fue.
Y lo que efectivamente fue, es que el 7 de septiembre de 1970, en una pizzeria de William Morris, dejaron la vida dos compañeros que se convirtieron en bandera de cientos de miles en los años que siguieron y que aún hoy, a cuarenta años, siguen siendo un punto de referencia para muchos de nosotros, militantes nacionales y populares.
Porque más allá de las distancias temporales y de los cambios en la práctica política, los fines últimos de nuestra acción cotidiana siguen siendo aquellos por los que lucharon y murieron estos y otros tantos compañeros: la liberación nacional y social.
Y hoy, cuando vemos gratamente como una generación nueva de compañeros se incorpora a la política y a la militancia transformadora a la luz del presente proceso político, es nuestra obligación repasar la historia (con sus debes y sus haberes) para consolidar la construcción de una mística que, anclada en ese pasado que nos define como sujetos en el presente, se proyecte hacia ese futuro que anhelamos y que, de una vez por todas, estamos construyendo.
En el día del montonero, entonces, levantemos nuestra copa en homenaje a Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina, mártires de la causa nacional y popular.
Y lo que efectivamente fue, es que el 7 de septiembre de 1970, en una pizzeria de William Morris, dejaron la vida dos compañeros que se convirtieron en bandera de cientos de miles en los años que siguieron y que aún hoy, a cuarenta años, siguen siendo un punto de referencia para muchos de nosotros, militantes nacionales y populares.
Porque más allá de las distancias temporales y de los cambios en la práctica política, los fines últimos de nuestra acción cotidiana siguen siendo aquellos por los que lucharon y murieron estos y otros tantos compañeros: la liberación nacional y social.
Y hoy, cuando vemos gratamente como una generación nueva de compañeros se incorpora a la política y a la militancia transformadora a la luz del presente proceso político, es nuestra obligación repasar la historia (con sus debes y sus haberes) para consolidar la construcción de una mística que, anclada en ese pasado que nos define como sujetos en el presente, se proyecte hacia ese futuro que anhelamos y que, de una vez por todas, estamos construyendo.
En el día del montonero, entonces, levantemos nuestra copa en homenaje a Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina, mártires de la causa nacional y popular.
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