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martes, 13 de septiembre de 2011

EL SUR TAMBIEN EXISTE

Nota publicada en el segundo número de la revista "Caracú", del Centro Cultural Oesterheld

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EL SUR TAMBIEN EXISTE

Modos europeos. Discurso europeo. Gestualidad europea. La oposición realmente existente y sobreviviente al escenario electoral, tanto la que se presenta –con mayor o menor disimulo- como de centroderecha¸ cuanto la que se reivindica de centroizquierda, se piensa a sí misma (y se muestra a la sociedad) como tributaria de la estética y la ideología post caída del muro de Berlín en los países centrales.

Todo parece indicar que a la salida de este año electoral, quedarán posicionadas dos grandes alternativas opositoras emergentes: una centroderecha “moderna”, mediática, pretendidamente desideologizada y farandulesca “a la europea”, expresada por el amarillo PRO y por el Niño Mauricio (en menor medida también por “alica-alicate” De Narváez). Por otra parte, se consolida una centroizquierda moderada, prolija, institucionalista y desabrida, también “a la europea”, expresada por Binner, Stolbizer, De Gennaro (quién te ha visto y quién te ve…) y Cía.

El sueño del buen Torcuato Di Tella, quien desde su honestidad intelectual noventista pregonaba las potenciales bondades de un sistema político que se ordenara a partir del moderno binomio centroderecha-centroizquierda, pareciera entonces concretarse, más allá incluso de la persistencia de ciertas tradiciones territoriales sin demasiado peso ya en la gran arena de la política nacional.

Pero… Ups! Nos olvidamos de algo! Nos faltó tener en cuenta un elemento que quizás a algún editorialista pueda parecerle menor, pero que sigue dando cuenta de esa anomalía que los manuales de los expertos europeos y sus traductores vernáculos aún no logran dilucidar. Si, adivinaron: el peronismo. Hoy el kirchnerismo. La fuerza de mayorías que no es posible catalogar ni clasificar de acuerdo a los criterios establecidos por esa tradición europea.

Algunos comentan que desde el 14 de agosto por la tarde y durante los días subsiguientes, gran número de editorialistas, intelectuales y dirigentes políticos, todos ellos parte del campo bienpensante argentino, giran alrdededor de escritorios y dan vueltas y vueltas en la cama, tratando una vez más de encontrar respuestas para eso que no logran entender. En realidad, y aunque parezca mentira, nunca pudieron entenderlo y todo indica que seguirán sin comprender y asimilar.

¿Pero qué es eso que no logra ni logró comprender nunca gran parte del establishment de ideas, aquella intelligentzia de la que hablaba Arturo Jauretche? Lo que no lograron, no logran ni lograrán descifrar son los momentos en que las mayorías irrumpen decididamente en la vida política y señalan un rumbo a favor de sus intereses y los de la Nación, que son los mismos.

Y nuestra historia es ejemplificadora de esto que hoy, nuevamente, vuelve a pasar en estas tierras. Sucede que en los momentos de amplio predominio ideológico, político, económico y cultural de las clases dominantes (que suelen ser los mismos en los que se verifica la hegemonía de una potencia a nivel mundial), se instala la ilusión de un orden político que sea o tienda a ser espejo del orden político de la metrópolis.

En cambio, en los momentos en que esa hegemonía y esa dominación entran en crisis (tanto a nivel externo como interno) reaparece el fantasma de lo anómalo y lo inexplicado. Cuando las clases dominantes pierden las riendas, emerge una y mil veces el desorden de los manuales, la anomalía de la Argentina europea, el  hecho maldito al que Cooke se refería con tanta lucidez.

Sarmiento lo intuyó en los albores de nuestra modernidad. El, uno de los más lúcidos cuadros de ese progresismo bienpensante, de ese establishment de ideas o intelligentzia, descubrió cuál era el principal obstáculo para la Argentina europea que pregonaba desde el 37. Y propuso una solución drástica: remover ese obstáculo con la espada, la pluma y la palabra, combinando masacres y política educativa. Lo logró a medias y por un tiempo. Pero lo bárbaro, lo maldito, volvió a emerger en las primeras décadas del siglo pasado. Como volvió a emerger con el peronismo. Y como hoy vuelve a emerger, luego de décadas de ostracismo y hegemonía del pensamiento único.

Para colmo de males, el espejo en el que siempre se miraron nuestras clases dominantes y sus intelectuales y voceros hoy está bastante empañado, por no decir gastado y a punto de desmoronarse. La gran panacea de los bienpensantes de estas latitudes viene trastocando en pesadilla, y aquellos países-modelos de los que nos decían que debíamos aprender, hoy muestran los resultados de una política que quienes vivimos por estos lares conocimos y sufrimos.

La vieja Europa está cada vez más vieja y sin respuestas, con una dirigencia política (sea de derecha o de izquierda) cooptada por las grandes corporaciones y acatando las órdenes de un poder oculto tras la fachada de organismos internacionales que nadie elige. Ajuste y sumisión, indignados y protestas, racismo y xenofobia, marcan la cotidianeidad de la vida de sociedades cada vez menos prósperas e integradas. En paralelo, la gran potencia imperial, la gran victoriosa de la guerra fría, bordea el colapso económico mientras decide su futuro entre la anodina continuidad de un imposibilismo progresista que no quiere o no puede dar respuestas a la profunda crisis en que se encuentra y los inverosímiles planteos de una derecha cada vez más ultra y más reaccionaria, expresada por un thea-party con cada vez más predicamento.

Entonces, nuestras desconcertadas clases dominantes ven como se derrumba la meca de sus sueños, a la vez que se enmarañan en intentos de explicación entre risueños y antidemocráticos del amplio consenso social, político y cultural que tiene este modelo de desarrollo autónomo, justicia distributiva y descolonización cultural tanto en nuestro país como en casi toda la región.

El escenario político desde diciembre en adelante presentará entonces tres grandes alternativas políticas, que en realidad son dos: una derecha mediática y autoritaria, un progresismo light y que -más allá de las consignas de campaña de algunos candidatos- viene a portarse bien con los poderosos de este país, que en ambos casos expresan el viejo sueño sarmientino de una Argentina europea. Frente a esas dos propuestas, está hoy, más de pie que nunca en nuestra historia, un movimiento nacional y popular de mayorías, complejo y contradictorio en sus entrañas, pero que avanza decididamente en la concreción del postergado sueño de una Patria libre, justa y soberana en el marco de una Latinoamérica unida.

La batalla cultural es entonces, una vez más, entre quienes pretenden una Argentina que mire a un supuesto primer mundo que se desmorona, y aquellos que creemos que las respuestas a la profunda crisis del sistema no se encuentran en los claustros ni los despachos del norte, si no en nuestra experiencia y en la capacidad, el talento y la voluntad de nuestro pueblo.

Es una vieja dicotomía. La diferencia es que hoy alcanza con mirar la tapa de cualquier diario del mundo para darse cuenta quienes son los que atrasan.





viernes, 1 de julio de 2011

LA HORA DE LOS LEALES

Tengo un amigo que dice que en los momentos de la disputa es cuando salen a flote las mayores miserias. Comparto. Agregaría a esta sentencia una especie de teorema (los teoremas en la política argentina tienen mala fama después del radical Baglini, pero bueh...) que se podría enunciar de la siguiente manera: "el grado de miserabilidad y egoísmo político de un sujeto es inversamente proporcional a la fortaleza de sus convicciones".

Pregúntenselo a Jauretche si no me creen. Nombre importante si los hay en nuestro panteón nacional y popular, el hombre fue sistemáticamente dejado de lado o directamente corrido de la disputa por el mismísimo General. Sin embargo, en toda su historia Don Arturo jamás se corrió un ápice de su pertenencia al Movimiento Nacional y -más allá de las permanentes rispideces con Perón- siempre puso por delante sus convicciones respecto de su interés o ambición individual.

Inmenso ejemplo si los hay de esa máxima peronista que sostiene que Primero está la Patria, después el Movimiento y por último los hombres.

Un cierre de listas (como todo momento de disputa), y más en el peronismo, suele ser una experiencia no apta para cardíacos, para almas puras, ni para egos demasiado elevados.

Siempre hay movimientos bruscos de último momento, incertidumbre y definiciones contrarreloj que aceleran las pulsaciones de los participantes y los espectadores interesados.

Siempre también hay algún sapo que tragarse, de distinto tamaño y tenor de acuerdo a las condiciones de esa disputa y al grado de purismo y virginidad política del esófago en pena.

Por último, también siempre hay menos lugares expectantes en las listas que subjetividades que se creen merecedoras de los lugares centrales de protagonismo.

Quien no entiende o desconoce esas tres variables, no conoce las reglas de la política. O, al menos, desconoce cuáles son las formas concretas que adquiere la disputa por espacios de poder hacia el interior de un proyecto político en momentos de relativa estabilidad. Y es que de eso estamos hablando: no de la gran disputa entre proyectos antagónicos -que es la disputa a la que asistiremos en octubre- si no de las tensiones hacia el interior de nuestro propio campo.

Lamentablemente, hay algunos compañeros que reivindican cierto jacobinismo y lo consideran necesario para la nueva etapa de este proceso de transformación. Eso sí, siempre y cuando ellos encarnen a Robespierre.

También hay otros que creen fervientemente en que los exponentes de la denominada vieja política deben ser reemplazados por militantes y nuevos dirigentes que expresen genuinamente la transformación en marcha desde 2003. Eso sí, se miran al espejo y se sienten predestinados a ser los protagonistas de la renovación que pregonan.

Por último, están los que se muestran inmensamente lúcidos a la hora de analizar procesos políticos o históricos, desde la Grecia antigua hasta la revolución cubana, pero se les nubla la vista cuando tienen que pensar el presente, el aquí y el ahora.

Como diría un filósofo chino: hay que encontrar el justo punto y hacer un análisis que sin dejar de ser apasionado, tome la suficiente distancia y mire el proceso político en perspectiva, despojado de egoísmos, divismos y falsas contradicciones.

Y entonces, y volviendo a lo mundano, mirando el resultado del cierre de listas del Frente para la Victoria, no podemos hacer otra cosa que festejar. 

Hay una inmensa muestra de autoridad por parte de quien encabeza y encarna este proceso de transformación, que no es otra que nuestra Presidenta.

Hay un ostensible protagonismo de la juventud y la militancia en lugares expectantes, como no se daba en nuestro país desde 1973.

Hay un innegable aroma a profundización del camino emprendido en 2003.

Si pensamos que los procesos históricos los protagonizan los pueblos, los colectivos más que los individuos, a cada quien le puede gustar un poco más o un poco menos tal o cual nombre, tal o cual inclusión, o tal o cual exclusión de las listas. Lo que no puede suceder es que el gusto personal prime por sobre el análisis de conjunto.

Y esa es una parte fundamental también, de la batalla cultural que estamos librando. Con el enemigo y con nosotros mismos.

Como me dijo otro compañero hace poco:
Es la hora de los leales a este proyecto

Levantemos la copa por ello.
Somos soldados del pingüino.

martes, 21 de junio de 2011

EL PANCHERO DE CALLE CORRIENTES Y LA BATALLA CULTURAL

El cartel, escrito a mano y con la mayor prolijidad posible, reza “Sin joda. El mejor pancho de Capital”. En la Avenida Corrientes, casi esquina Montevideo, los transeúntes apurados observan de costado el cartel y sonríen. Algunos, unos pocos, se detienen y compran algunas de las delicias anunciadas.

Hasta aquí, nada demasiado sorprendente para quien esté acostumbrado a recorrer las calles de cualquier gran ciudad de nuestro país. Lo que llama la atención es lo que sigue. En otra hoja, adosada a la que sostiene la leyenda antes descrita, en prolijas letras impresas en computadora, fondo rojo y borde negro, se lee “NAC & POP”.

Me detengo.

Acerco mi mirada y, por debajo y en letras más pequeñas, también de computadora, continúo leyendo: “Nuestros panchos son 100 % carne, ahumada y con piel! Nuestros panes artesanales. Los chivitos y hamburguesas de prima. La onda rioplatense no es mac, es nac”.

En primera instancia refriego mis ojos para ver si leí bien. Corroboro que entendí e intento reconocer al dueño del puesto de panchos. Debe ser un compañero, Capaz que lo conozco, me digo a mí mismo.

Observo detenidamente al morocho que mientras empana salchichas y las riega con ketchup a toda velocidad canturrea una melodía, pero no lo reconozco. Presto atención entonces a la radio encendida, con música a medio volumen, esperando escuchar una zamba de Zitarrosa o de Yupanqui; tal vez un tango del Polaco; a lo sumo algún tema la Bersuit, Divididos o Los Piojos. Pero no. Suena un reggaeton poco militante y el desconcierto es casi total.

No entiendo ¿Será que mis prejuicios de pequebú no me permiten comprender del todo la profundidad de lo que está pasando a nivel cultural en nuestro país? ¿Estaré tan colonizado por el discurso progre universitario que tanto mamé, como para sorprenderme ante algo que simplemente debería alegrarme? ¿Seré un pichón de Beatriz Sarlo (menos gorila por cierto) que se siente descolocado ante la naturalidad con la que los sectores populares expresan su adhesión ideológica al proceso político en marcha?

Me espanto de sólo pensar en estas cosas, y detengo la autoflagelación ideológica en este punto, aunque no encuentre una definitiva respuesta a tan angustiantes preguntas.

Para consolarme recuerdo, en cambio, que hasta hace no demasiado tiempo, decirse nacional y popular era algo poco común, ajeno al lenguaje cotidiano y decodificable tan sólo en los círculos militantes. Para algunos, incluso, era una extravagancia o un anacronismo. Incluso para algunos de los que hoy forman parte de esto que se denomina kirchnerismo.

Es común identificar los signos de los tiempos que corren en los grandes escenarios y las grandes discusiones. Un estadio o una plaza llena hace varios años que dejaron de sorprendernos. Las discusiones respecto de la objetividad de los relatos acerca del pasado y el presente en horario central televisivo son cosa a esta altura cotidiana. Y en esos grandes escenarios y discusiones es donde solemos ver la profundidad del cambio producido en estos ocho años.

Sin embargo, es en la cotidianeidad de los ignotos, es en la experiencia diaria de los pancheros de la calle Corrientes o las maestras jardineras de Llavallol, en el lugar en el que se libran los combates decisivos de esta batalla cultural inmensa que estamos dando.

Y este relato que termina, es el relato de dos pequeñas victorias paralelas que expresan parte de esa batalla, que se libra tanto en la conciencia política de los laburantes, como en los prejuicios de nuestra clase media comprometida e informada.

Esto es así, aunque la Sarlo (vade retro) sostenga livianamente que en este país “casi nadie discute de política”.

lunes, 20 de junio de 2011

EL KIRCHNERISMO Y EL FIN DE LA NOSTALGIA (reload 2)

Esta nota fue publicada por los amigos y compañeros de militancia kreativa en una recopilacion de artículos sobre los ocho años del kirchnerismo que recomiendo fervientemente:
Acá va la versión original y completa.

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¿Qué decir que no se haya ya dicho de estos ocho años que comenzaron aquel cercano y lejano al mismo tiempo 25 de mayo de 2003?

¿Cómo intentar expresar algo de lo que representó y representa el kirchnerismo, sin caer en la repetida e interminable enumeración de medidas a la que estamos –en buenahora- acostumbrados a escuchar o recitar en charlas familiares, discusiones y discursos?

¿Desde qué lugar describir con relativa originalidad los sustanciales cambios políticos, sociales y culturales que se produjeron en el ciclo histórico que transitamos y pretendemos seguir transitando?

La salida que se me ocurre es hablar, simplemente, desde la propia subjetividad. De lo que significó y significa el kirchnerismo para mí y para aquellos con los que comparto la cotidianeidad militante desde hace años.

De paso, me pongo a tono con la moda en ciertos ámbitos de la literatura política e histórica “seria”, que aborda los procesos de mediana y corta duración a partir de las transformaciones que se producen en la vida cotidiana y en las “subjetividades”. Desde esta perspectiva: ¿Qué mejor manera de explicar un profundo cambio cultural como este del que somos parte que a partir del cómo se traduce ese cambio en nuestro día a día y en las perspectivas con las que miramos el mundo y abordamos nuestra acción cotidiana?

Provengo de una familia de militantes. Hijo de militantes. Sobrino de militantes. Nieto de militantes. Desde pibe, en sobremesas y reuniones familiares, me acostumbré a la conversación política y me formé en mi comprensión de lo histórico con una derrota a cuestas, que tiñó desde un primer momento mi percepción de la realidad y de la política.

Mis primeros años de militancia –compartida con varios de los compañeros con los que aún caminamos senderos comunes- fueron en la UES de La Plata, con los últimos estertores de la llamada primavera democrática, y cuando aún la renovación peronista representaba cierta esperanza de resignificar y remontar la derrota de los setenta. Mis compañeros y yo éramos todos o casi todos hijos de militantes y nos formamos leyendo los mismos libros que nuestros viejos, más las pocas publicaciones disponibles respecto de la historia reciente.

En esa época teníamos esperanza, es verdad. Pero era una esperanza nostálgica, centrada en la reivindicación de una historia no vivida por nosotros. Nos sentíamos herederos y continuadores de una experiencia histórica inmensa, gigante; pero andábamos a los tumbos como guardiantes de una tradición abandonada, o como  incomprendidos portadores de una épica a destiempo.

Apenas recorridos esos primeros pasos, los noventa, el neoliberalismo y la caída del muro de Berlín derrumbaron el edificio que cimentaba nuestra militancia y nos encontramos desnudos y desamparados frente a una realidad que no figuraba en los manuales que habíamos leído. El peronismo que nos habían contado no existía más y el desconcierto parió la dispersión. Entonces, oscilamos entre el refugio de la vida privada y diversas alquimias políticas, culturales y/o sociales que variaban en sus grados de resistencia e integración respecto del orden neoliberal, pero que no lograban constituirse en ningún caso como espacio común para la militancia, para todos los militantes nacionales y populares.

Y en esos años de resistencia, escepticismo y/o desesperanza, nos acostumbramos a la derrota, nos acostumbramos a perder. Porque si bien hubo innumerables experiencias de resistencia al neoliberalismo de las que participamos, si bien hubo ejemplos encomiables de lucha y de construcción, lo cierto es que en términos subjetivos nuestra mirada estaba más centrada en el espejo de un pasado irrepetible que en un horizonte que sentíamos como árido y hostil. Nuestra utopía seguía estando detrás muestro.

El 25 de mayo de 2003, deus ex machina mediante, todo cambió de manera inesperada y nuestra subjetividad militante dio (sería más preciso decir que fue dando) un giro copernicano.

Es cierto que la llegada de Nestor al poder sería impensable sin la crisis terminal del 19 y 20 de diciembre de 2001. También es cierto que la resistencia al neoliberalismo se fue forjando en la calle y generó el plafón sin el cual esta experiencia histórica no sería posible. Nadie en su sano juicio puede discutir eso. Tampoco que este proceso político es parte de un proceso regional más general de salida de la noche neoliberal y de construcción de proyectos populares desde el Estado.

Sin embargo, la llegada de Nestor al gobierno fue una anomalía que sorprendió a todos. A nosotros y a ellos.

Día a día, semana a semana, mes a mes y medida de gobierno a medida de gobierno, fuimos sintiendo por primera vez en nuestra vida que un Gobierno cinchaba del mismo lado que nosotros. Al principio con desconfianza, luego con algo de sorpresa, finalmente con entusiasmo, nos fuimos convenciendo de que este gobierno era nuestro gobierno.

Como los amantes desolados que vuelven a vivir el amor después de mucho tiempo de soledad y escepticismo, nos costó darnos cuenta del todo, pero un día despertamos y de repente nos dimos cuenta que habíamos dejado de añorar épicas pretéritas y estábamos viviendo nuestra propia primavera.

Y entonces nos enamoramos definitivamente de Nestor. Y lo quisimos como quisimos y queremos a pocos. A muy pocos en toda nuestra historia.

Vaya paradoja, el discurso de la derecha y los medios hegemónicos suele tildar al kirchnerismo de nostálgico, debido a su política de memoria, verdad y justicia y su reivindicación de la experiencia política de los setenta. Nada más erróneo. Porque si hay algo que caracteriza a los procesos transformadores es que al construir su propia épica refundan la afectividad de quienes forman parte del mismo, dotándolos de una nueva mística y un nuevo relato que, aunque anclado en tradiciones anteriores e incorporándolas al nuevo proceso, se plantee reivindicaciones y objetivos novedosos, acordes con el contexto histórico en que se desenvuelve.

En este caso en particular, además, el haber avanzado en el juicio y castigo a los genocidas y los responsables del saqueo y la ignominia se transformó en la condición de posibilidad de encarar, justamente, un nuevo proceso transformador a favor de los sectores populares.

En 1996, al conmemorarse los veinte años del golpe genocida, se estrenó la película de “Coco” Blaustein, “Cazadores de Utopías”. Recuerdo el monólogo final de “Piraña” Salinas, antes de la única, monumental versión grabada de La montonera del Nano Serrat sobre la que se ven los títulos del documental.

Recuerdo casi exactamente sus palabras, que ponían el broche final al film: él decía, desde el dolor de la derrota, que se sentía orgulloso de haber formado parte de esa generación, de haber formado parte de esa juventud maravillosa, de haber sido protagonista de la historia, de esa historia. Incluso, agrego yo, más allá del resultado final.

Recuerdo también la extraña mezcla de ternura, nostalgia y envidia que sentí la primera vez que lo ví y lo escuché: ser protagonista de un proceso transformador es el sueño de todo militante popular, el . Por esos años, sin embargo, la expectativa de que la historia nos diera esa oportunidad parecía remota y hasta inverosímil. Parecía que no quedaba más remedio que resistir y seguir añorando una historia no vivida por nosotros.

Entonces, eso es lo que significaron estos ocho años de kirchnerismo, para mí y para muchos de nosotros, en términos de nuestra más íntima subjetividad: El fin de la nostalgia. El fin de la nostalgia y el comienzo de una etapa de la que podemos enorgullecernos, como “Piraña”, de ser protagonistas.

La diferencia a favor nuestro, es que esta vez no habrá derrota.

sábado, 18 de junio de 2011

Nunca Menos



No podía ser de otra manera.

Para relanzar este blog kirchnerista no tengo más alternativa que arrancar con el Nunca Menos.

De paso, para los que no la tenían, adjunto la letra completa, bastante más larga que la parte que fin de semana a fin de semana vemos y oímos en el Futbol para Todos.

Que les sea leve.

Y ojalá me lean, al menos de tanto en tanto

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NUNCA MENOS

Lágrimás que riegan todo el suelo en primavera
de tu mañana azul
que llora y rie
nombre que se talla para siempre en la madera
de los que sin estar
están y viven

Voces que te nombran y se aferran al color
de esa insolencia alegre
que inventaste
ríos muchedumbres de un subsuelo que volvió
para quedarse acá
para quedarse

¿Será verdad
que te fuiste con la historia
o será que aún no despertamos
y que con una antorcha nueva
en cada mano
vas a volver
cubriéndonos de gloria?

Nada más al sur de esa indómita armadura
hecha de ayeres
blindada de ausencias
mágica de amores y de sueños que perduran
sin arrumbarse
en ninguna puerta

Todas esas risas que viniste a restaurar
desde un recóndito
rincón dormido
hoy cubren las paredes que no pueden derrumbar
los que sin luz ni sol
están perdidos

¿Será verdad
que te fuiste con la historia
o será que aún no despertamos
y que con una antorcha nueva
en cada mano
vas a volver
cubriéndonos de gloria?

Y esos mil jirones que dejaste en el camino
serán retazos si
de una bandera
marcas imborrables en el cuerpo
que elegimos
llevar hasta el final

y nunca menos

CORO MURGUERO

Nunca menos
que ese fuego en la mirada 
que las voces acalladas
retomando la canción
Nunca menos
que tu nombre en las banderas
que tu plaza siempre llena
de esperanza y de pasión 
Nunca menos
que pañuelos en tu casa
Nunca menos
que justicia sin perdón
Nunca menos
que el paisaje repetido
de este sur tan aguerrido
y diciendo al fin que no

Nunca menos
que esas risas desdentadas
aguantando la parada
que supieron conquistar
Nunca menos
que un enjambre de morochos
arruinandoles la foto
a los que no vuelven más
Nunca menos
que los pibes en el centro
Nunca menos
que vivir con dignidad
Nunca menos
que la Patria que soñamos
Nunca menos
Ni un paso atrás

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De yapa, van:

1- el video completo subido por Cañete
http://www.youtube.com/watch?v=G9l5XAFlSkI

2- la publicación original en face de la letra, la noche que se cumplían dos meses de la muerte de Nestor.
http://www.facebook.com/?ref=home#!/note.php?note_id=489206117719

3- los acordes para tocarlo en guitarra en actos, fogones y otras yerbas
http://www.facebook.com/?ref=home#!/note.php?note_id=10150100075662720

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Nos estamos viendo, compañeros y amigos