miércoles, 30 de octubre de 2013

30 AÑOS DE DEMOCRACIA - (2009: "Algunas reflexiones en torno a la muerte del Dr. Alfonsín")

Hace más de cuatro años, en ocasión de la muerte del Dr. Alfonsín, escribí y publiqué esta nota, que provocó algunos enojos y muchas ricas discusiones.

Hoy, al cumplirse 30 años del día en que con su elección como Presidente nuestro Pueblo puso fin a la dictadura genocida iniciada en 1976 e inició el ciclo democrático más largo de nuestra historia, me pareció que era una buena oportunidad para volver a publicarla.

La nota puede sonar hoy un tanto desactualizada, después e toda el agua que corrió debajo del puente.

Ayer, sin ir más lejos, con la declaración de constitucionalidad de la LdSCA, nuestra democracia asestó un duro golpe a uno de los poderes monopólicos que se resiste aún a someterse a la voluntad del soberano y que fue uno de los principales obstáculos que, hace ya treinta años, tuvo esta democracia para consolidarse.

Quienes ayer festejábamos en la plaza la plena vigencia de la Ley, recordamos como es debido a Nestor y agradecimos a Cristina por estos maravillosos diez años en los cuales esa democracia recuperada en 1983 adquirió otro volumen, otra profundidad y otro sentido.

Más allá de esta obviedad, creo que seríamos un tanto injustos si no recordáramos también hoy a quien, antes que ellos dos, fue el único que al menos intentó no ser un simple empleado de las corporaciones.

Muchos de nosotros comenzamos nuestra militancia enfrentando a su gobierno. Es también nuestra obligación complejizar el análisis y, poniéndolo en contexto, reivindicar aquella voluntad de enfrentar a los poderosos que caracterizó la primer etapa de sus años en la presidencia.



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ALGUNAS REFLEXIONES EN TORNO A LA MUERTE DEL DR. ALFONSIN


La desaparición física del Dr. Raúl Alfonsín ha tenido una repercusión pública que sorprendió a muchos, incluído en alguna medida quien redacta este comentario. Sin embargo, lo más sorprendente no son las indiscutibles muestras de afecto que ha generado el ex presidente en vastos sectores de nuestro Pueblo, sólo comparables con las recibidas en otros contextos históricos por Hipólito Yrigoyen, Eva Perón y Juan Perón. Lo que más soprende, es el relato a partir del cuál se pretende interpretar, traducir hacia el sentido común, esa muerte desde la inmensa mayoría de los medios de comunicación y desde ciertos sectores de la dirigencia política. 

De éso, de lo que en discursos y en titulares periodísticos se denomina su "legado", es de lo que quiero hablar en las siguientes líneas, aún a riesgo de que algunos de quienes las lean sientan cierta incomodidad por quienes planteamos determinadas discusiones sobre la significación histórica del personaje público apenas el mismo ha desparecido físicamente. Es que para quienes formamos parte de la política, es imposible abstraerse de valoraciones decidamente políticas respecto de un hombre que hizo de esta actividad el sentido de su vida. 

Para empezar, y a costa de generar ciertas antipatías en los lectores más sensibles, voy a diferir con lo que parece haberse instalado en el sentido común desde hace dos días, que es la caracterización del Dr. Alfonsín como el "padre de la democracia" en nuestro país. Realmente, y más allá de reconocerle un rol determinante a partir de 1983, me parece que es parte de una línea interpretativa con una clara intencionalidad política el adjudicar a determinadas individualidades (por importantes que hayan sido éstas) la consecusión de logros que son idiscutiblemente colectivos. La operación ideológica en marcha es la de transformar a quien fuera el "responsable de la transición" en "padre de la democracia", y esta operación no es de ninguna manera inocente, ya que lo que implica es la puesta en segundo plano (si no el ocultamiento liso y llano) de otros protagonistas que hicieron tanto o más que el Dr. Alfonsín por la salida del poder de la Dictadura militar. 

Esta operación implica por un lado la conversión de lo que fue un proceso de masas en una epopeya individual (o en todo caso de una "élite"), pretendiendo relativizar la importancia de la acción colectiva como herramienta de transformación en términos generales, y poniendo el acento en la canalización de las demandas a través de una vacua "institucionalidad". Al mismo tiempo, este desplazamiento oculta el protagonismo en la lucha en contra de la dictadura de actores concretos, fundamentalmente de los organismos de DD.HH. y sindicatos, por la incomodidad que generan en quienes construyen el relato hegemónico las posiciones políticas de estos actores en la actualidad. La puesta en relieve de la acción de organismos como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo desde 1977, sumadas a los paros y marchas de parte de la CGT desde abril de 1979 relativizan el supuesto rol protagónico de la dirigencia política nucleada en la "Multipartidaria" a partir de 1980/81 y complejiza el análisis respecto de omisiones y complicidades en la última etapa de la Dictadura militar. 

En segunda instacia, quiero cuestionar la caracterización que se hace del ex-Presidente Alfonsín como un "hombre de diálogo y consenso", con las claras implicancias políticas que esto tiene y con las valoraciones implícitas que implica en la coyuntura actual. Creo que algo caracterizó la primera etapa del gobierno de Alfonsín, sobre todo hasta el alzamiento de Semana Santa en 1987, es la voluntad de restituir el poder político del Estado enfrentando a las corporaciones del poder fáctico. En ésa lógica se inscriben desde el Juicio a las Juntas hasta la Ley de Dovorcio Vincular; desde los intentos de conformar un "Club de Deudores" con otros países para negociar ante el FMI, hasta el Congreso Pegdagógico; desde la política de dólar diferencial para las exportaciones (tan cuestionado por la Sociedad Rural y con un efecto económico similar al de las "retenciones") hasta la Ley Mucci para debilitar el poder de los sindicatos. Y más allá de que uno comparta o no cada una de estas iniciativas, está claro que en el relato que se construye hoy respecto del "legado" de Alfonsín se omite también (salvo, quizás, el caso del llamado "Nüremberg argentino", que también oculta cierta intencionalidad política de cuestionamiento al gobierno actual) la feroz disputa que se produjo en esos primeros años de transición democrática entre el poder político y los poderes corporativos, llámense estos FF.AA., Iglesia, Sindicatos, Sociedad Rural, Organismo multilaterales de crédito o Capitanes de la Industria. 

Esta segunda operación de construcción de sentido, pretende instalar una idea de "democracia" casi gerencial, sin conflictos ni de intereses ni discursivos entre actores sociales diversos, pretendiendo ocultar pujas ideológicas, culturales y distributivas que son constitutivas de la política. Estos conflictos existieron y existen, y son los factores de poder que paulatinamente discipliaron al gobierno de Alfonsín desde 1986 en adelante (y quienes en 1989 dieron el "golpe de mercado" que hizo que tuviera que abandonar el gobierno anticipadamente) los que pretenden ocultarlos. El Plan Austral, los Stand-By, las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida y los acuerdos con los sectores más rancios y burocráticos del sindicalismo, pueden ser leídos como muestras de debilidad o como defección histórica, pueden ser justificados o cuestionados, pero jamás pueden ser presentados honestamente como ejemplos de un virginal diálogo o consenso. Entonces, en esta segunda operación, esta idea de "diálogo y consenso", tan cara a nuestros sectores medios y una parte de nuestra dirigencia, oculta la realidad de un proyecto de democracia formal y sujeta a los poderes fácticos que pujaron con el poder político en la primera etapa de la transición y que lo discipliaron decididamente entre 1989 y 2001. 

La tercer operación que se pretende realizar, y que da un cierre conjugando a las dos anteriores, es la del "juicio unívoco". No hay lugar para la crítica a un "padre de la patria" y al relato que se construye sobre él. No hay espacio para cuestionar ninguna de sus acciones desde el Gobierno o desde la oposición. No es posible recordar cómo los factores de poder fueron construyendo, durante su presidencia, el escenario propicio para el neoliberalismo que se enseñoreó indiscutiblemente en nuestro país a partir del poco mencionado "golpe de mercado" que le asestaron los mismos que hoy intentan desestabilizar al actual gobierno. Como un nuevo Sarmiento, sólo es posible recordar de él aquello que lo enaltece sin poner en riesgo el actual "statu-quo". 

Los que nos consideramos militantes y seguimos creyendo en la política como herramienta de transformación y no como simple escalafón más o menos meritocrático hacia un poder formal, pensamos en Alfonsín como en una figura compleja y polémica, del que podemos reivindicar algunas cosas y al que le podemos cuestionar muchas otras. Desde mi humilde posición, y esperando no ofender el incontestable dolor demostrado por vastos sectores de nuestro Pueblo en estos días, voy a proponer rescatar a Alfonsín, justamente, como un militante político. Un militante con quien no comparto muchas de sus posiciones y acciones, pero del cual reivindico su incansable voluntad de restituir a la política como eje vertebrador de la vida social, en una perpetua pulseada con los poderes fácticos que hoy pretenden presentárnoslo como una figura simple, virginal y despojado de contradicciones. Un militante político que siguió pensando y actuando como tal incluso desde la más alta investidura del Estado. 

Entonces, qué mejor manera de recordarlo frente a la actual coyuntura, que en uno de sus momentos más difíciles y admirables, cuando en medio de una silbatina irrespetuosa de la Sociedad Rural (que hoy desfila como si nada a su alrededor) se paró y los enfrentó cara a cara, mostrando una entereza que hoy muchos llamarían liviánamente "crispación". 

Pasen y vean 

martes, 16 de julio de 2013

EL KIRCHNERISMO Y EL FIN DE LA NOSTALGIA. O una mirada militante subjetiva sobre estos diez años.


A propósito de esta década ganada, revisando viejas publicaciones virtuales encontré esto que escribí hace un par de años, con motivo de cumplirse el octavo aniversario de la asunción de Néstor a la Presidencia de la Nación.

La nota fue escrita para ser publicada como parte de una compilación que armaron en su momento los integrantes del grupo "militancia kreativa" y no la había vuelto a leer. 

No estoy seguro de que sea buena. Incluso, su lenguaje me resuena hoy algo pretencioso, excesivo en adjetivaciones y redundante. 

Lo que es seguro, es que describe con bastante exactitud lo que representaron estos diez años para mi propia subjetividad militante y para la de algunos otros que -habiéndo hecho nuestras primeras armas allá lejos y hace tiempo-  nos sentimos parte de esta nueva juventud maravillosa que volvió a la política gracias a Él.

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¿Qué decir que no se haya ya dicho de estos años que comenzaron aquel cercano y lejano al mismo tiempo 25 de mayo de 2003?

¿Cómo intentar expresar algo de lo que representó y representa el kirchnerismo, sin caer en la repetida e interminable enumeración de medidas a la que estamos –en buenahora- acostumbrados a escuchar o recitar en charlas familiares, discusiones y discursos?

¿Desde qué lugar describir con relativa originalidad los sustanciales cambios políticos, sociales y culturales que se produjeron en el ciclo histórico que transitamos y pretendemos seguir transitando?

La salida que se me ocurre es hablar, simplemente, desde la propia subjetividad. De lo que significó y significa el kirchnerismo para mí y para aquellos con los que comparto la cotidianeidad militante desde hace años.

De paso, me pongo a tono con la moda en ciertos ámbitos de la literatura política e histórica “seria”, que aborda los procesos de mediana y corta duración a partir de las transformaciones que se producen en la vida cotidiana y en las “subjetividades”. Desde esta perspectiva: ¿Qué mejor manera de explicar un profundo cambio cultural como este del que somos parte que a partir del cómo se traduce ese cambio en nuestro día a día y en las perspectivas con las que miramos el mundo y abordamos nuestra acción cotidiana?

Provengo de una familia de militantes. Hijo de militantes. Sobrino de militantes. Nieto de militantes. Desde pibe, en sobremesas y reuniones familiares, me acostumbré a la conversación política y me formé en mi comprensión de lo histórico con una derrota a cuestas, que tiñó desde un primer momento mi percepción de la realidad y de la política.

Mis primeros años de militancia –compartida con varios de los compañeros con los que aún caminamos senderos comunes- fueron en la UES de La Plata, con los últimos estertores de la llamada primavera democrática, y cuando aún la renovación peronista representaba cierta esperanza de resignificar y remontar la derrota de los setenta. Mis compañeros y yo éramos todos o casi todos hijos de militantes y nos formamos leyendo los mismos libros que nuestros viejos, más las pocas publicaciones disponibles respecto de la historia reciente.

En esa época teníamos esperanza, es verdad. Pero era una esperanza nostálgica, centrada en la reivindicación de una historia no vivida por nosotros. Nos sentíamos herederos y continuadores de una experiencia histórica inmensa, gigante; pero andábamos a los tumbos como guardiantes de una tradición abandonada, o como  incomprendidos portadores de una épica a destiempo.

Apenas recorridos esos primeros pasos, los noventa, el neoliberalismo y la caída del muro de Berlín derrumbaron el edificio que cimentaba nuestra militancia y nos encontramos desnudos y desamparados frente a una realidad que no figuraba en los manuales que habíamos leído. El peronismo que nos habían contado no existía más y el desconcierto parió la dispersión. Entonces, oscilamos entre el refugio de la vida privada y diversas alquimias políticas, culturales y/o sociales que variaban en sus grados de resistencia e integración respecto del orden neoliberal, pero que no lograban constituirse en ningún caso como espacio común para la militancia, para todos los militantes nacionales y populares.

Y en esos años de resistencia, escepticismo y/o desesperanza, nos acostumbramos a la derrota, nos acostumbramos a perder. Porque si bien hubo innumerables experiencias de resistencia al neoliberalismo de las que participamos, si bien hubo ejemplos encomiables de lucha y de construcción, lo cierto es que en términos subjetivos nuestra mirada estaba más centrada en el espejo de un pasado irrepetible que en un horizonte que sentíamos como árido y hostil. Nuestra utopía seguía estando detrás muestro.

El 25 de mayo de 2003, deus ex machina mediante, todo cambió de manera inesperada y nuestra subjetividad militante dio (sería más preciso decir que fue dando) un giro copernicano.

Es cierto que la llegada de Nestor al poder sería impensable sin la crisis terminal del 19 y 20 de diciembre de 2001. También es cierto que la resistencia al neoliberalismo se fue forjando en la calle y generó el plafón sin el cual esta experiencia histórica no sería posible. Nadie en su sano juicio puede discutir eso. Tampoco que este proceso político es parte de un proceso regional más general de salida de la noche neoliberal y de construcción de proyectos populares desde el Estado.

Sin embargo, la llegada de Nestor al gobierno fue una anomalía que sorprendió a todos. A nosotros y a ellos.

Día a día, semana a semana, mes a mes y medida de gobierno a medida de gobierno, fuimos sintiendo por primera vez en nuestra vida que un Gobierno cinchaba del mismo lado que nosotros. Al principio con desconfianza, luego con algo de sorpresa, finalmente con entusiasmo, nos fuimos convenciendo de que este gobierno era nuestro gobierno.

Como los amantes desolados que vuelven a vivir el amor después de mucho tiempo de soledad y escepticismo, nos costó darnos cuenta del todo, pero un día despertamos y de repente nos dimos cuenta que habíamos dejado de añorar épicas pretéritas y estábamos viviendo nuestra propia primavera.

Y entonces nos enamoramos definitivamente de Nestor. Y lo quisimos como quisimos y queremos a pocos. A muy pocos en toda nuestra historia. Y después, también, nos enamoramos de Cristina.

Vaya paradoja, el discurso de la derecha y los medios hegemónicos suele tildar al kirchnerismo de nostálgico, debido a su política de memoria, verdad y justicia y su reivindicación de la experiencia política de los setenta. Nada más erróneo. Porque si hay algo que caracteriza a los procesos transformadores es que al construir su propia épica refundan la afectividad de quienes forman parte del mismo, dotándolos de una nueva mística y un nuevo relato que, aunque anclado en tradiciones anteriores e incorporándolas al nuevo proceso, se plantee reivindicaciones y objetivos novedosos, acordes con el contexto histórico en que se desenvuelve.

En este caso en particular, además, el haber avanzado en el juicio y castigo a los genocidas y los responsables del saqueo y la ignominia se transformó en la condición de posibilidad de encarar, justamente, un nuevo proceso transformador a favor de los sectores populares.

En 1996, al conmemorarse los veinte años del golpe genocida, se estrenó la película de “Coco” Blaustein, “Cazadores de Utopías”. Recuerdo el monólogo final de “Piraña” Salinas, antes de la única, monumental versión grabada de La montonera del Nano Serrat sobre la que se ven los títulos del documental.

Recuerdo casi exactamente sus palabras, que ponían el broche final al film: él decía, desde el dolor de la derrota, que se sentía orgulloso de haber formado parte de esa generación, de haber formado parte de esa juventud maravillosa, de haber sido protagonista de la historia, de esa historia. Incluso, agrego yo, más allá del resultado final.

Recuerdo también la extraña mezcla de ternura, nostalgia y envidia que sentí la primera vez que lo ví y lo escuché: ser protagonista de un proceso transformador es el sueño de todo militante popular . Por esos años, sin embargo, la expectativa de que la historia nos diera esa oportunidad parecía remota y hasta inverosímil. Parecía que no quedaba más remedio que resistir y seguir añorando una historia no vivida por nosotros.

Entonces, eso es lo que significaron estos años de kirchnerismo, para mí, y para muchos de nosotros, en términos de nuestra más íntima subjetividad: El fin de la nostalgia. El fin de la nostalgia y el comienzo de una etapa de la que podemos enorgullecernos, como “Piraña”, de ser protagonistas.

La diferencia a favor nuestro, es que esta vez no habrá derrota.


viernes, 31 de mayo de 2013

EL PINO, EL BOSQUE, Y LA DEFECCIÓN DE ALGUNOS DE NUESTROS MITOS

Esta es una nota publicada en Julio de 2010.

Néstor aún estaba con nosotros y el contexto político era sorprendentemente similar actual, ya que los  masivos festejos del bicentenario habían roto el espejismo creado desde los medios hegemónicos respecto de la inminente "finalización del ciclo kirchnerista".

Hoy, a pocos días de la inmensa demostración de apoyo a nuestra Presidenta que dimos como Pueblo el pasado 25 de Mayo, en la movilización más grande de las últimas décadas; adquiere actualidad nuevamente el debate con quienes, haciendo una lectura superficial de la realidad a partir del microclima mediático y no de lo que sucede realmente en la calle y el territorio, vuelven a intentar construir un clima de fin de ciclo respecto del proceso iniciado hace diez años.

A tres años de ser escrita, y más allá de los cambios producidos en estos años y de algunos ejemplos anacrónicos, lo más honesto es no tocar ni una coma y publicarla como la primera vez. 

Está destinada a quienes, de manera especulativa y acomodaticia, pero reivindicándose como parte del campo nacional y popular, eligen darle más trascendencia a la berretada mediática de los domingos por la noche que a la construcción política para la continuidad y profundización del cambio que se inició el 2003.

Que al que le quepa el sayo se lo ponga.
Y que la historia les disculpe (o no) su exceso de egolatría.

EL PINO, EL BOSQUE, Y LA DEFECCIÓN DE ALGUNOS DE NUESTROS MITOS

"Hay gente que no la quiere buena
y por pretenderla siempre mejor,
incide para que salga mala”.
Arturo Jauretche

Se podría decir que la tradición “denuncista” del progresismo argentino ha sido, en los momentos de reflujo y resistencia, un importante aporte a la construcción de un ideario nacional y popular y ha servido para desnudar las verdaderas intenciones políticas de las clases dominantes.

Tanto desde la política como desde el arte y la literatura, es posible establecer cierta continuidad desde el José Hernández que denunciara en el Martín Fierro las condiciones de vida de nuestros gauchos en los primeros años de hegemonía oligárquica; que pasara por el Lisandro De la Torre que desenmascaró la ignominia del “pacto Roca-Runciman” en la década infame; y que llegara hasta quienes durante los años del neoliberalismo elevaron su voz para señalar la corrupción, la injusticia, la impunidad y la entrega del patrimonio nacional.

En esa línea, los más lúcidos de los intelectuales, artistas y dirigentes formados en esa tradición, en los momentos de avance de los sectores populares, comprendieron su contexto y se comprometieron con los procesos históricos que significaban la concreción de muchas de las demandas que ellos mismos habían antes expresado desde las letras, el arte o la lucha política. La disolución de FORJA en octubre de 1945 y la masiva incorporación de sus integrantes al peronismo es una palmaria muestra de la profunda comprensión que tuvieron estos hombres de cuál debía ser su rol a partir de la entrada en escena de las masas.

Lamentablemente, la historia argentina también está colmada de ejemplos de hombres y mujeres que desde posiciones supuestamente progresistas o revolucionarias incomprendieron los contextos históricos en los que vivían, y que en nombre de planteos maximalistas se enfrentaron a los movimientos populares que modificaron efectivamente la realidad en favor de los sectores más postergados.

Como contracara de los ejemplos antes citados, podemos decir que desde los iluministas y románticos que combatieron a Rosas, pasando por los socialistas y comunistas que no comprendieron primero al Yrigoyenismo y calificaron luego al Peronismo de “aluvión zoológico”, hasta la actualidad, son cuantiosos los casos de intelectuales que fueron funcionales a los intereses de la reacción y sirvieron de ariete de los sectores dominantes para debilitar a los gobiernos populares.

La operación de la crítica “por izquierda” a los momentos en los cuales el movimiento nacional y popular –en sus diversas expresiones históricas- ejerció el poder del Estado siempre consistió en undoble juego en el cuál, por un lado se ponía en duda las verdaderas intenciones  de los líderes que encarnaban esos momentos de avance de los sectores populares y, en paralelo, se menospreciaba o deslegitimaba al sujeto social y político que sostenía cada uno de esos procesos.

La explicación de la supuesta anomalía histórica que significaba para el progresismo intelectual la emergencia de estas expresiones políticas y sociales no previstas en sus textos de cabecera, consistía en un inverosímil cocktail en el que se combinaban la perversidad y/o la ignorancia de los líderes populares con la “falsa conciencia” de los sectores subalternos que los sostenían. El Rosas estanciero y falsamente federal, el Yrigoyen comisario y mediocre, y el Perón  fascista y manipulador, sólo podían ser posibles a partir de las limitaciones para comprender sus verdaderos interesesde la barbarie, de la chusma radical o de los cabecitas.

Asimismo, el ataque a los gobiernos populares se sustentó siempre en la crítica a algunos de los aspectos controversiales de los mismos, pretendiendo convertir las aristas más discutidas en elementos centrales para el análisis y la valoración de cada uno de los complejos procesos que encarnaron en esas experiencias históricas de nuestro pueblo. El árbol se tornaba más significativo que el bosque y –por ejemplo- los libros de lectura oficiales o el luto obligatorio del primer peronismo parecían ser más importantes que la distribución de la renta, la consagración de los derechos de los trabajadores o el voto femenino, por poner sólo algunos ejemplos.

El juicio que determinados sectores del progresismo hacen hoy del proceso político que encabezan Néstor y Cristina Kirchner corre por los mismos carriles de esta historia remanida. Vemos entonces cómo -para algunos intelectuales y dirigentes con pretensiones de garúes de futuras revoluciones o líderes imaginarios movimientos políticos y sociales a fundar algún lejano día- parecen más importantes las denuncias acerca de supuestos casos de corrupción gubernamental amplificados por los medios hegemónicos, o la lentitud en el avance en alguna determinada área, que el indiscutible avance que implicó en términos globales para nuestra Patria y nuestro pueblo el camino iniciado el 25 de mayo de 2003.

Esto no sorprendería si quienes elaboraran esos juicios fueran sólo los tradicionales sectores de la izquierda o el progresismo liberal ya que, como ejemplificamos antes, ellos han demostrado una inmensa coherencia en el error y se han mantenido históricamente inconmovibles ante todas y cada una de las expresiones políticas más genuinas de lo nacional y popular. Lo que sorprende, es que algunos sectores o individuos tributarios de la misma tradición que nosotros, hoy se encuentren en las antípodas de sus posiciones históricas y acompañen alegremente y sin culpa la estrategia destituyente de los sectores del privilegio.

Lo más grave, sin embargo, es que la alquimia que utilizan para autojustificar sus actuales posiciones es la misma que, respecto de otros momentos históricos, ellos mismos contribuyeron a desenmascarar, retomando a ese doble juego al que antes hacíamos referencia. Entonces, además de denunciar al gobierno por supuestas corruptelas o por falta de “profundidad transformadora” en sus medidas, denostan a la inmensa cantidad de militantes nacionales y  populares que acompañamos este proceso desde la convicción, acusándonos de ingenuos o de cooptados.

Haciendo el camino inverso que los Puiggrós y los Hernandez Arregui, desandando el sendero que recorrieron los Abelardo Ramos y los Ortega Peña, vemos con indignación y tristeza cómo algunos de quienes fueron nuestros referentes intelectuales y sociales en la etapa de resistencia al neoliberalismo se han transformado hoy en compañeros de andanzas de los principales personeros de aquellos intereses que siempre dijeron combatir, compartiendo escenarios y posiciones políticas con Mariano Grondona o manteniendo un sospechoso silencio (que en algún caso suena a complicidad) respecto del tema de los hijos de Ernestina Herrera de Noble.

La explicación a estas posiciones, finalmente, no hay que buscarlas en la política. O en todo caso, no hay que buscarlas en las acciones de nuestro gobierno. Las explicaciones respecto de esta profunda incoherencia histórica hay que buscarlas en la psicología y en las huellas ideológicas y culturales que el neoliberalismo dejó en hombres y mujeres que otrora defendieran las causas más nobles y que hoy ordenan su práctica política a partir del individualismo y de la decepción que les provoca el lugar secundario que les toca ocupar en el proceso político actual.

Arturo Jauretche, fundador de FORJA y uno de los pensadores más importantes de nuestra historia, aceptó durante el primer peronismo ocupar el lugar que le fue asignado, seguramente de muchísima menos relevancia que el que ameritaba su historia como intelectual y militante del campo nacional. Y lo hizo porque cuando la realidad política se polariza en campos antagónicos tan claramente definidos no hay lugar para medias tintas.

Como entonces, hoy no hay espacio para la ambigüedad. O se está de un lado o se está del otro. O se está con el gobierno que más favoreció los intereses de la Nación y del Pueblo desde la desaparición de Perón, y con la militancia y la dirigencia popular que lo sostiene; o se comparten interbloques, cóktailes y mesas en los medios hegemónicos con los representantes de los sectores del privilegio.

Y no hay errores, supuestas corruptelas o minería a cielo abierto que justifique en este contexto las posiciones que hoy ostentan algunos de quienes hasta hace poco fueron parte de nuestros mitos.Que el Pino no nos impida ver el bosque.


viernes, 26 de abril de 2013

EL CIRCO POLITICO PORTEÑO


Hace algunos años, en una entrevista concedida al gran diario argentino, el Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Ingeniero Hernán Lombardi, proponía livianamente la creación de un circo desde el cuál contratar a los chicos de la calle “que hacen piruetas en las esquinas”. No es necesario escarbar demasiado para encontrar cuál es el lugar que este señor asignaba a las expresiones de los sectores populares: ser una atracción circense, una diversión exótica para entretener a los hijos de las familias de barrio norte.

Hoy, vimos en vivo y en directo como la flamante Policía Metropolitana reprimía sin miramientos a los trabajadores y pacientes del Hospital Borda para intentar imponer la construcción de un centro cívico que es parte del inmenso negocio inmobiliario promovido desde el gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Estos dos hechos, que parecen no tener vinculación el uno con el otro, no son otra cosa que dos caras de la misma moneda. Porque por grotescos que parezcan, y más allá de escandalizar menos de lo que debería escandalizar, no son otra cosa que una explicitación –burda, por otra parte- de la ideología que subyace en el discurso de los sectores que hoy se autoproclaman como los defensores de la república: un retorno a la más rancia tradición del liberalismo argentino, para el cual el otro (llámese este loco, gaucho, laburante, indio, inmigrante o cabecita negra) siempre estuvo más ceca del mono o del elefante que del humano civilizado del que se pretende encarnación absoluta. 
A su vez, si uno combina este tipo de acciones y definiciones con aquellas que rodean los debates acerca de la “inseguridad”, la democracia republicana, o incluso con las distinciones acerca la capacidad de elección de los sectores populares (suburbanos o rurales) respecto de la de los sectores medios-altos, (cultos y urbanos), enseguida queda al descubierto qué tipo de república propugnan estos nuevos demócratas: una pseudorepública segregada, en la cuál los privilegios de unos pocos estén garantizados por una nueva variante de apartheid constituido por circos, cárceles, hospitales y derechos diferenciados de acuerdo a la condición social. 

Para ilustrar un poco más cuál es la idea de república y de democracia que ostentan los exponentes de la nueva derecha vernácula, podemos citar las palabras del Diputado Agüad esta semana en el recinto de la Cámara de Diputados de la Nación. Sin ponerse colorado, el radical sostuvo que el kirchnerismo "al único pueblo al que no le tiene miedo es al de choripanes y colectivos".

Está clarísimo entonces. Para ellos, el sujeto político de esa república democrática imaginaria no es otro que el que caceroleaba hace unos días en las plazas céntricas de las grandes ciudades, caracterizado por un pasar económico acomodado, por el acceso a ciertos niveles de escolarización y por una relativa homogeneidad en sus consumos culturales. Su idea de república excluye de manera decisiva a todo lo que considera diferente.

Decíamos hace poco respecto del cacerolazo de la semana pasada y la agresión al busto de Nestor Kirchner, que estos sectores tienen una idea de argentinidad idéntica a sí mismos, negadora de quienes puedean expresar, propugnar o representar ideas alternativas de esa identidad tradicional y hegemónica hasta hace poco tiempo. Creyéndose poseedores de la razón y la cultura, consideran disminuídos en su capacidad de decisión y elección a aquellos que no son como ellos.

Este discurso, en el fondo, no presenta demasiadas novedades en la historia de nuestro país. Como decíamos antes, para el liberalismo argentino el otro siempre fue un ser privado de derechos y garantías. Desde el discurso higienista de fines del siglo XIX, pasando por la calificación de “aluvión zoológico” para quienes entraron a la historia el 17 de octubre del 45, hasta las políticas de exterminio implementadas por la última dictadura militar, se dibuja una línea de continuidad que promueve una república para pocos a costa de la exclusión de las mayorías.
Lo que es al menos novedoso, es la actual pretensión de desideologizar este planteo profundamente ideológico y reaccionario, naturalizándolo y/o disfrazándolo de simple pragmatismo. En el reportaje citado al comienzo, el Ing. Lombardi se autodefine como afiliado al “PC... partido de lo concreto”. Como complemento, en la misma edición del tradicional matutino porteño, la Dra. Carrió plantea que “el problema de la Argentina no es ideológico, sino moral”, párrafos antes de explicitar que no va a confrontar con Macri “porque es opositor...”.
La coincidencia de estos planteos parece una rémora tardía del relato acerca de la “muerte de las ideologías” de los noventa, que no pretende otra cosa que velar lo que realmente está en debate en la Argentina actual: qué sectores sociales deben ser los principales beneficiarios del crecimiento económico y qué rol le cabe al estado (y a la política) en ése debate. Aquellos que propugnan con mayor o menor sutileza el circo o la cárcel para los sectores populares, aquellos que reprimen a los trabajadores e internos de un hospital, están tomando partido claramente en esa discusión: están diciendo que los beneficiarios del crecimiento deben ser los mismos que se beneficiaron durante un cuarto de siglo de neoliberalismo y que el estado debe ser el garante, por diversos medios, de esa desigualdad social que les garantice el monopolio de la razón, la cultura y la argentinidad.

Pretender que este debate no es un debate ideológico es una inmensa falacia o, como diría el maestro Jauretche, una nueva Zoncera. Una zoncera que viene a agregarse a la larga lista promovida por el liberalismo argentino desde hace más de un siglo. Una hija más de la madre de todas las Zonceras, “Civilización o Barbarie”.
Mientras tanto, y ante tanta confusión promovida desde diversos medios políticos y periodísticos, estamos aquellos que creemos que la actual coyuntura de crecimiento se debe profundizar con una mayor inclusión social y política de los sectores populares, y que el estado debe ser quien garantice este camino.
Para esto, sería bueno poner cada cosa en su lugar: que los dinosaurios vuelvan a los museos y que los circos abran sus puertas, no a los chicos, sino a los gorilas.

sábado, 20 de abril de 2013

NO PASARAN


Hermosa canción de Carlos Mejía Godoy, compuesta durante la revolución nicaragüense.
Interpretada en el festival de 1985 por la paz en centroamérica, del que participaron numerosos artistas latinoamericanos. Cantan aquí los cachorros de Sandino.

"Aunque no estemos juntos, te lo juro...
NO PASARÁN!!!"

EL BUSTO DE NESTOR. EL AMOR VENCE AL ODIO

El busto estaba ahí, en medio de esa plaza inundada de odio. Rostros rubios, ojos inyectados de veneno, manos agitando palmas o cacerolas. No puedo decir exactamente cuántos eran. Ochocientos quizás. Mil con toda la furia. 

Iban y venían por la plaza y sus alrededores. Se saludaban afectuosamente entre ellos. Llevaban algunos cartelitos  prolijamente impresos. Otros escritos a mano. Las consignas eran variadas, aunque primaban las referidas a la inseguridad y los insultos a la Presidenta y su familia. Se veían también algunas, pocas, banderas argentinas.

Cuando gritaban, coreaban consignas que se pretendían patrióticas y republicanas. Pedían libertad, democracia, honestidad, respeto. Al menos eso decían. Se los notaba seguros de sí mismos. Convencidos de representar la escencia de una argentinidad ancestral actualmente en riesgo.

Nosotros éramos apenas cuatro compañeros. Por casualidad o no estábamos en las cercanías de la plaza y quisimos ver, observar. Queriamos corroborar con nuestros propios ojos cuan masiva era la convocatoria y cuál el componente social y político de este fenómeno tan promocionado por los grandes medios de comunicación. Eramos tres hombres y una mujer embarazada. Todos militantes. Observábamos con interés lo que ocurria. Mirábamos desde prudente distancia.  No queriamos ni ser identificados, ni ser confundidos con los caceroleros. 

En una de las tantas recorridas que emprendía el grueso de los manifestantes arededor de la plaza, vimos cómo un grupo de unos veinte o treinta caceroleros comenzó a rodear el busto de Nestor. El mismo que fue colocado hace poco tiempo junto a los de Perón y Eva. Gritaban desaforados. Insultaban, maldecían, escupían. Vociferaban su odio como si fueran dueños indiscutidos de la escena. Pero estábamos nosotros.

Si uno pudiera tomar distancia, diría que lo que se veía, parecía una de esas escenas características de regímenes depuestos que cada tanto se ven por televisión. En esos casos, los símbolos del poder caído son vilipendiados, derrumbados y ofendidos por la primer avanzada de los destructores del viejo orden. Obviamente estos casi nunca son los constructores del nuevo orden resultante de estos terremotos políticos, pero eso ya es harina de otro costal.


Lo importante, es resaltar que quienes estaban alrededor del busto, sentían eso. Lo central a marcar, es que quienes insultaban, escupían y vilipendiaban, tenían la fantasía de estar participando en el derrocamiento de un régimen.


Y es importante resaltar ésto, por dos razones. Primero y principal, porque muestra cuál es el grado de miopía política e histórica de estos sectores. Tienen a todos los grandes medios de comunicación promoviendo estos movimientos destituyentes. Es verdad. Representan a un sector -minoritario, pero un sector al fin- de nuestra sociedad. Es verdad. 


Lo que no logran visualizar, es que la correlación de fuerzas en nuestra sociedad, en el presente, hace imposible pensar en que un movimiento de estas características tenga éxito. No entienden que su aspiración máxima no puede ir más allá de expresar su propia impotencia e histeria. Impotencia e histeria que son consecuencia de no poder construir una alternativa política viable que les permita disputar el poder. Impotencia e histeria por no haber encontrado una figura o una identidad politica que catalice su malestar. Impotencia e histeria de no tener un Capriles a mano, que aunque pierda elecciones cada tres meses, les proporcione un liderazgo. 


En segunda instancia, es importante resaltar esta fantasía de fin de régimen porque, ligada al impulso destructivo de los que deciden derribar una estatua, nos muestra cuál es la idea de democracia de los que anoche blandían sus cacerolas. Para ellos, democracia y república son idénticos a ellos mismos, a sus prioridades y sus intereses. Y niegan, detestan y pretenden destruir todo lo que exprese otra idea de democracia, de Patria o lo que sea. Así de simple. De todas maneras, volveremos sobre este punto más adelante. 


Por lo pronto, volvamos al relato de los sucesos. En un momento, con la plaza aún semipoblada, un grupo empezó a empujar el busto de Nestor hasta que logró tirarlo al piso. Sí, los democráticos, los que piden diálogo y tolerancia, los que exigen respeto, no se contentaron con ensuciar y escribir en el símbolo, necesitaban derrumbarlo. 


Hay un instante en la vorágine de los hechos, en el cual uno deja de medir riesgos, de sopesar las consecuencias potenciales de sus actos, y necesita imperiosamente actuar. Anoche, en esa plaza, el instante fue ése. Cuando derribaron el busto de Nestor, sin necesidad siquiera de consultarlo entre nosotros, los compañeros que estabamos ahí salimos disparados hacia el lugar. Eramos cuatro. Como dije, tres hombres y una mujer embarazada. No confrontamos con los caceroleros. No discutimos. Sólo dijimos una cosa. Lo vamos a levantar. 


Y lo levantamos. Con la ayuda de algunos vecinos que estaban en la plaza y ante la mirada atónita e incrédula de los caceroleros, que empezaron a discutir entre ellos.  Y nos quedamos ahí, parados.  Custodiando el busto nuevamente en pie, hasta que quienes nos rodeaban se fueron alejando sin entender semejante osadía. 


Y aqui es que volvemos al punto anterior. Porque el tema es que ellos no entienden. Se creen tan dueños de esa argentinidad ancestral, de esa supuesta pureza republicana, tan europea ella. No conciben siquiera la posibilidad de que haya otros que tengamos otra idea de la argentinidad. Menos europea y mas latinoamericana. Menos elitista y mas popular. 


Y es que hay algo que hay que reconocerles. De veras expresan un modo de la argentinidad. El problema  es que esa argentinidad ancestral que ellos expresan, es la que niega cualquier otra forma de argentinidad. 


La historia de nuestra Patria está, lamentablemente, poblada de ejemplos de esa identidad negadora de otras identidades. En el discurso primero, y en la práctica despues, sus abanderados negaron la argentinidad de todos aquellos que tuvieron la osadía de proponer alternativas. Con la pluma, con la espada y la palabra. Desde mediados del Siglo XIX, vienen pretendiéndose los dueños de la única argentinidad posible. 


Y es que su argentinidad tiene como condición imprescindible ser negadora de otras. Lo mostraron despues de Caseros. Lo mostraron en la campaña al desierto. Lo mostraron en la década infame. Lo mostraron con la fusiladora. Lo mostraron, de manera terrible, entre 1976 y 1983.

Entonces ese odio, esa impotencia, esa histeria, no son otra cosa que la consecuencia del choque entre su argentinidad ancestral y negadora, y la realidad. Son fruto de la inmensa frustración que les provoca un presente en el cual perdieron el monopolio de la argentinidad. 



Durante casi toda la historia de nuestra Patria fueron los dueños del relato tanto acerca del pasado como respecto del presente. Desde sus manuales escolares y sus diarios de tirada masiva. Desde sus desfiles militares y sus canales de televisión. Pretendieron enseñarnos una historia caricaturizada en la que esa argentinidad ancestral, elitista y oligárquica, era verdad indiscutible. Por suerte no lo lograron.

Hubo momentos en que algunos osados se animaron a poner en tela de juicio ese orden, ese relato hegemónico. Los atacaron y los denostaron. Rosas el tirano. Facundo el bárbaro. Yrigoyen el mediocre. Perón el facista. Nestor y Cristina los montoneros resentidos.

Pero vemos que en realidad los resentidos son ellos. Porque aunque lo deseen no logran negarnos como Pueblo. Ellos necesitan negarnos como mayoría, y negar a los líderes que nos expresan para mantener la ficción de esa argentinidad oligárquica que sólo puede existir si nos niegan o nos barren de la historia. El exilio de Rosas es muestra de ello. La pretención de prohibir hasta el nombre de Perón es muestra de ello. El robo y ocultamiento del cadáver de Evita y los treinta mil desaparecidos, son las muestras más paradigmáticas de esta pretención de negarnos como Pueblo.

Cuando hablan despectivamente del relato para referirse a nuestro discurso respecto del pasado y el presente, no hacen otra cosa que transparentar su desprecio y su odio. Su impotencia y su histeria. Están ante un proyecto que se articula en base a otra idea de argentinidad. Y la sola existencia de ese proyecto y del relato que lo sustenta, desarma su idea de argentinidad negadora y hegemónica. 

Alguien podrá decir que no todos quienes participaron de las manifestaciones son tributarios de esto. Alguno podrá marcar incluso nombres propios y apellidos comprometidos antaño con la vigencia de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Y es verdad. No todos los que cacerolearon añoran la Argentina de Sarmiento y Mitre, la de Rojas y Aramburu, o la de Videla y Massera. No todos son partidarios de esa argentinidad negadora de las mayorías.

El problema, queridos amigos que cacerolean cándidamente, es quién los expresa y los conduce políticamente. El problema no son sus buenas intenciones ni su honestidad. El problema es que son funcionales, una vez más, a los profetas del odio. Porque ellos, y no otros, son quienes se benefician si este gobierno se debilita. Ellos son quienes porotean en su mesa de arena del poder cada cacerola que suena en una equina.

Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. En nuestra historia, a su vez, el camino de los proyectos oligárquicos y antipopulares, está plagado de Urquizas y Lonardis, de Alfredos Palacios, Balbines e izquierdistas indignados que luego se arrepntieron de sus errores garrafales. 

Por eso la gravedad del episodio del busto de Néstor. Por eso lo peligroso de las pintadas reivindicando a Videla. Porque son amenazas. Porque pretenden ser el huevo de la serpiente de un nuevo proceso de invisibilización de las mayorías, que intenta reinstalar ese relato uniforme y esa argentinidad hegemónica y elitista.

Por suerte, nuestro Pueblo conoce y defiende como nadie sus propios intereses. En su historia demostró que no hay negación posible de la identidad de las mayorías. Cientos de veces levantamos nuestros símbolos mancillados por los profetas del odio. Y hoy los llevamos como bandera.

SABEMOS QUE ESTA VEZ NO PASARÁN.
PORQUE DE UNA VEZ Y PARA SIEMPRE, EL AMOR VENCE AL ODIO.


domingo, 7 de abril de 2013

LA MILITANCIA TAMBIEN ES EL OTRO. CRONICA DE LA SOLIDARIDAD


Por esas casualidades de la vida, no soy platense de nacimiento. 
De todas maneras, me considero platense por haber vivido más de treinta y cinco años, y hasta hace muy poco tiempo, en esa ciudad en la que crecí, estudié, en la que me hice hincha del club de mis amores y en la que comencé a militar políticamente.

Será por esas razones, sumadas a que en sus calles viven mi familia, y tantos amigos y compañeros de toda la vida, que la tragedia provocada por el temporal de lluvia del martes pasado me consternó y me angustió doblemente.

Luego de constatar telefónicamente que los afectos cercanos se encontraban bien, emprendimos el viaje con algunos compañeros para ponernos a disposición de aquello que hubiera que hacer. Lo mismo que nosotros hicieron otros cientos, con los que nos fuimos encontrando por la tarde del miércoles en la Unidad Básica de La Cámpora, en 6 entre 62 y 63. Enseguida, quienes estaban a cargo de organizar la ayuda en primera instancia, nos asignaron tareas, como a todos los allí presentes.

Cada vez que volvíamos al punto desde el cual se organizaba la asistencia a los más afectados, nos encontrábamos con más y más compañeros que la vez anterior. Y no paraba de llegar gente. Militantes, adherentes, conocidos, familiares y ciudadanos sin vinculación alguna con la organización, llegaban y se ponían a disposición. 

Esas primeras horas fueron las más difíciles. El número de víctimas aún no estaba claro y las versiones y rumores circulaban sin pausa, aumentando la ansiedad y la angustia. Los relatos acerca de las situaciones vividas nos iban dejando en claro a todos aquellos que no habíamos estado en la ciudad cuál era la gravedad de la situación e imponían la necesidad de moverse con la mayor celeridad posible.

Así se hizo, y salimos con lo que teníamos en ese momento a recorrer las barriadas más afectadas, intentando delinear colectivamente un panorama lo más certero posible de la situación. Nos encontramos con realidades muy complejas, a las que intentamos darles soluciones con las herramientas disponibles. 

Al día siguiente, el jueves, Unidos y Organizados instaló en la Facultad de Periodismo de la UNLP su comando central, desde el que organizaba la recepción de donaciones, la distribución de la mercadería y la logística necesaria para optimizar la ayuda y la asistencia a los damnificados.

Cada hora que pasaba, llegaban cientos de compañeros desde distintos puntos para ponerse a disposición de una maquinaria de ayuda y solidaridad que se fue construyendo y mejorando en la urgencia, y en la que cada uno de los presentes cumplía un rol. Fue en esas horas, cuando además de lo conmoción y la tristeza por las víctimas y los damnificados, comenzó a apoderarse de nosotros la conmovedora sensación de sentirse parte de una experiencia histórica de solidaridad.

Porque mucho se habla de la solidaridad. Pero pocas veces se la define tan clara y taxativamente como se la definió en estos días, y en la práctica, en la ciudad de La Plata. Porque la solidaridad no es (como pueden pensar y prediicar algunos) dar al otro aquello que nos sobra o no necesitamos. Eso, más allá de lo útil que pueda ser en momentos como este, es simplemente beneficencia, o a lo sumo caridad. La verdadera solidaridad, en cambio, es justamente poner a disposición del otro aquello que necesitamos, aquello que nos hace falta, aquello que no nos sobra. Solidaridad es entrega. Y ser solidario es poner en juego algo de lo propio (el tiempo, la salud, los bienes materiales, etc) en pos del otro.

Lo conmovedor de lo que vimos estos días fue entonces, justamente, ver cómo miles y miles de personas de distinta procedencia, y en distintos sitios, se puso a disposición de ese otro que, en esta oportunidad, eran los damnificados por la tragedia. Quienes formen parte de otros espacios institucionales, sociales, culturales, religiosos y hasta políticos, deben haber tenido una sensación similar en estos días de trabajo arduo. 

Pero la jauretcheana empiria, nos obliga a hablar desde la propia experiencia. Y esa propia experiencia, en este caso, está definitivamente atravesada por el sentirse parte de un proyecto político, el que encabeza nuestra Presidenta; el de pertenecer a una organización, que es La Cámpora; y el de haber formado parte del esquema de trabajo que planteó el espacio Unidos y Organizados. 

Para quienes no estuvieron allí, créanme si les digo que lo que vivimos los militantes en estos días, fue realmente conmovedor desde todo punto de vista: Cientos y cientos de compañeros, miles, poniéndose a disposición de un inmenso dispositivo de asistencia y solidaridad centralizado en la Facultad de Periodismo. 

Y entonces, vimos a militantes anónimos de distritos lejanos durante horas formando inmensas filas para el "pasamanos" de donaciones y mercadería, o cocinando un guiso para los evacuados. 

Y vimos a compañeros con distintos grados de responsabilidad cargando camiones o trasladando gente en un auto para llevar agua o velas a algún barrio.

Y también vimos a nuestros Diputados y Senadores, a nuestros Funcionarios, recorrer el territotrio, poniendo la cara, limpiando un basural o distribuyendo mercadería entre los más necesitados. 

Por supuesto, vimos a la Jefa, a nuestra Presidenta, venir el primer día después del desastre y acercarse a los vecinos afectados. Y volvimos a verla esta tarde, recorriendo escuelas para interiorizarse de la situación, estar cerca de los damnificados y brindarle ánimo a los que hace días no duermen para asistirlos.  

¿Entonces cómo no vamos a llevar con orgullo nuestras remeras y pecheras? Si nunca nos escondimos ni hicimos política a espaldas de la gente. Si basamos nuestra militancia cotidiana en la presencia en el territorio, en los barrios. Si fomentamos permanentemente la presencia de un Estado militante, sin intermediarios. Si somos solidarios todos los días... ¿Qué es lo que deberíamos ocultar? ¿Acaso tendríamos que avergonzarnos de ser aquello que somos?

Que algunos digan, desde la comodidad de sus escritorios o sus teclados de computadora, que pretendemos sacar provecho de una tragedia, es una canallada y una falta de respeto para los miles de militantes que pusimos el pecho sin especular para paliar las consecuencias de esta tragedia, mientras algunos de los agoreros de siempre escondían la cabeza debajo de la tierra. 

Pero es una canallada que no no debe sorprendernos si vemos de parte de quien viene, ya que lo que les molesta (y les molesta profundamente) es que exista esta juventud y esta militancia que crece, se organiza y se compromete con un proyecto de país que restituye y garantiza derechos para todos, todos los días. 

Como respuesta a la canallada, vale la reflexión de un compañero ya entrado en años, mientras retornábamos de una escuela que funcionaba como centro de distribución de donaciones y mercadería para los más necesitados. El dijo, llanamente y con una envidiable frescura: "¿Sabés que es lo bueno de militar acá? Que veo que forman a los pibes para militar haciendo el bien sin especular". 

Porque la militancia bien entendida, la militancia liberadora (esa que aprendimos de Eva, de Nestor y de los treinta mil compañeros desaparecidos), es inescindible del componente solidario, de ese hacer el bien al que se refería el compañero. Quien forma parte de un proyecto transformador y lo hace por convicción, necesariamente tiene que poner en juego su propio bienestar en favor del bienestar de los otros, tiene que arriesgar algo en pos de ese proyecto al que pertenece. Si no es así, la política puede ser posicionamiento o especulación, pero no es realmente militancia, porque como la Patria, la militancia también es el otro.

¿Cómo no vamos a sentirnos orgullosos entonces de esa militancia? 

Yo, como platense y como militante, estaré eternamente agradecido y orgulloso.

Orgulloso y agradecido por haber podido formar parte de esto. 
Orgulloso y agradecido de tener la Presidenta que tenemos.
Orgulloso y agradecido con esos compañeros que, incluso habiendo sido afectados por la inundación, llamaban por teléfono o se hacían presentes para ponerse a disposición.
Orgulloso y agradecido con los más de cuarenta y cinco compañeros que viajaron con nosotros desde Morón (como de tantos otros lugares de la Provincia y el país), faltando a sus trabajos, con las familias a cuestas y abandonando todo para ponerse a disposición de los que más lo necesitan.
Orgulloso y agradecido ante la frase "hay gente que necesita más que nosotros", como respuesta a la pregunta de si la familia de un compañero afectado necesitaba algo.
Orgulloso y agradecido con nuestros dirigentes, que sin veleidad alguna, asumieron su rol y se pusieron a la cabeza de este inmenso operativo de asistencia y solidaridad, en el que Estado, militancia y organizaciones  trabajaron de manera conjunta. 

Orgulloso y agradecido de que, como le escuché decir a otro compañero, esta juventud, esta militancia, esté dispuesta a dejar todo, solidariamente, para garantizar que los más humildes no pierdan nunca más aquellos derechos que les fueron restituídos, por ninguna causa, sea de la índole que sea.