viernes, 26 de abril de 2013

EL CIRCO POLITICO PORTEÑO


Hace algunos años, en una entrevista concedida al gran diario argentino, el Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Ingeniero Hernán Lombardi, proponía livianamente la creación de un circo desde el cuál contratar a los chicos de la calle “que hacen piruetas en las esquinas”. No es necesario escarbar demasiado para encontrar cuál es el lugar que este señor asignaba a las expresiones de los sectores populares: ser una atracción circense, una diversión exótica para entretener a los hijos de las familias de barrio norte.

Hoy, vimos en vivo y en directo como la flamante Policía Metropolitana reprimía sin miramientos a los trabajadores y pacientes del Hospital Borda para intentar imponer la construcción de un centro cívico que es parte del inmenso negocio inmobiliario promovido desde el gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Estos dos hechos, que parecen no tener vinculación el uno con el otro, no son otra cosa que dos caras de la misma moneda. Porque por grotescos que parezcan, y más allá de escandalizar menos de lo que debería escandalizar, no son otra cosa que una explicitación –burda, por otra parte- de la ideología que subyace en el discurso de los sectores que hoy se autoproclaman como los defensores de la república: un retorno a la más rancia tradición del liberalismo argentino, para el cual el otro (llámese este loco, gaucho, laburante, indio, inmigrante o cabecita negra) siempre estuvo más ceca del mono o del elefante que del humano civilizado del que se pretende encarnación absoluta. 
A su vez, si uno combina este tipo de acciones y definiciones con aquellas que rodean los debates acerca de la “inseguridad”, la democracia republicana, o incluso con las distinciones acerca la capacidad de elección de los sectores populares (suburbanos o rurales) respecto de la de los sectores medios-altos, (cultos y urbanos), enseguida queda al descubierto qué tipo de república propugnan estos nuevos demócratas: una pseudorepública segregada, en la cuál los privilegios de unos pocos estén garantizados por una nueva variante de apartheid constituido por circos, cárceles, hospitales y derechos diferenciados de acuerdo a la condición social. 

Para ilustrar un poco más cuál es la idea de república y de democracia que ostentan los exponentes de la nueva derecha vernácula, podemos citar las palabras del Diputado Agüad esta semana en el recinto de la Cámara de Diputados de la Nación. Sin ponerse colorado, el radical sostuvo que el kirchnerismo "al único pueblo al que no le tiene miedo es al de choripanes y colectivos".

Está clarísimo entonces. Para ellos, el sujeto político de esa república democrática imaginaria no es otro que el que caceroleaba hace unos días en las plazas céntricas de las grandes ciudades, caracterizado por un pasar económico acomodado, por el acceso a ciertos niveles de escolarización y por una relativa homogeneidad en sus consumos culturales. Su idea de república excluye de manera decisiva a todo lo que considera diferente.

Decíamos hace poco respecto del cacerolazo de la semana pasada y la agresión al busto de Nestor Kirchner, que estos sectores tienen una idea de argentinidad idéntica a sí mismos, negadora de quienes puedean expresar, propugnar o representar ideas alternativas de esa identidad tradicional y hegemónica hasta hace poco tiempo. Creyéndose poseedores de la razón y la cultura, consideran disminuídos en su capacidad de decisión y elección a aquellos que no son como ellos.

Este discurso, en el fondo, no presenta demasiadas novedades en la historia de nuestro país. Como decíamos antes, para el liberalismo argentino el otro siempre fue un ser privado de derechos y garantías. Desde el discurso higienista de fines del siglo XIX, pasando por la calificación de “aluvión zoológico” para quienes entraron a la historia el 17 de octubre del 45, hasta las políticas de exterminio implementadas por la última dictadura militar, se dibuja una línea de continuidad que promueve una república para pocos a costa de la exclusión de las mayorías.
Lo que es al menos novedoso, es la actual pretensión de desideologizar este planteo profundamente ideológico y reaccionario, naturalizándolo y/o disfrazándolo de simple pragmatismo. En el reportaje citado al comienzo, el Ing. Lombardi se autodefine como afiliado al “PC... partido de lo concreto”. Como complemento, en la misma edición del tradicional matutino porteño, la Dra. Carrió plantea que “el problema de la Argentina no es ideológico, sino moral”, párrafos antes de explicitar que no va a confrontar con Macri “porque es opositor...”.
La coincidencia de estos planteos parece una rémora tardía del relato acerca de la “muerte de las ideologías” de los noventa, que no pretende otra cosa que velar lo que realmente está en debate en la Argentina actual: qué sectores sociales deben ser los principales beneficiarios del crecimiento económico y qué rol le cabe al estado (y a la política) en ése debate. Aquellos que propugnan con mayor o menor sutileza el circo o la cárcel para los sectores populares, aquellos que reprimen a los trabajadores e internos de un hospital, están tomando partido claramente en esa discusión: están diciendo que los beneficiarios del crecimiento deben ser los mismos que se beneficiaron durante un cuarto de siglo de neoliberalismo y que el estado debe ser el garante, por diversos medios, de esa desigualdad social que les garantice el monopolio de la razón, la cultura y la argentinidad.

Pretender que este debate no es un debate ideológico es una inmensa falacia o, como diría el maestro Jauretche, una nueva Zoncera. Una zoncera que viene a agregarse a la larga lista promovida por el liberalismo argentino desde hace más de un siglo. Una hija más de la madre de todas las Zonceras, “Civilización o Barbarie”.
Mientras tanto, y ante tanta confusión promovida desde diversos medios políticos y periodísticos, estamos aquellos que creemos que la actual coyuntura de crecimiento se debe profundizar con una mayor inclusión social y política de los sectores populares, y que el estado debe ser quien garantice este camino.
Para esto, sería bueno poner cada cosa en su lugar: que los dinosaurios vuelvan a los museos y que los circos abran sus puertas, no a los chicos, sino a los gorilas.

sábado, 20 de abril de 2013

NO PASARAN


Hermosa canción de Carlos Mejía Godoy, compuesta durante la revolución nicaragüense.
Interpretada en el festival de 1985 por la paz en centroamérica, del que participaron numerosos artistas latinoamericanos. Cantan aquí los cachorros de Sandino.

"Aunque no estemos juntos, te lo juro...
NO PASARÁN!!!"

EL BUSTO DE NESTOR. EL AMOR VENCE AL ODIO

El busto estaba ahí, en medio de esa plaza inundada de odio. Rostros rubios, ojos inyectados de veneno, manos agitando palmas o cacerolas. No puedo decir exactamente cuántos eran. Ochocientos quizás. Mil con toda la furia. 

Iban y venían por la plaza y sus alrededores. Se saludaban afectuosamente entre ellos. Llevaban algunos cartelitos  prolijamente impresos. Otros escritos a mano. Las consignas eran variadas, aunque primaban las referidas a la inseguridad y los insultos a la Presidenta y su familia. Se veían también algunas, pocas, banderas argentinas.

Cuando gritaban, coreaban consignas que se pretendían patrióticas y republicanas. Pedían libertad, democracia, honestidad, respeto. Al menos eso decían. Se los notaba seguros de sí mismos. Convencidos de representar la escencia de una argentinidad ancestral actualmente en riesgo.

Nosotros éramos apenas cuatro compañeros. Por casualidad o no estábamos en las cercanías de la plaza y quisimos ver, observar. Queriamos corroborar con nuestros propios ojos cuan masiva era la convocatoria y cuál el componente social y político de este fenómeno tan promocionado por los grandes medios de comunicación. Eramos tres hombres y una mujer embarazada. Todos militantes. Observábamos con interés lo que ocurria. Mirábamos desde prudente distancia.  No queriamos ni ser identificados, ni ser confundidos con los caceroleros. 

En una de las tantas recorridas que emprendía el grueso de los manifestantes arededor de la plaza, vimos cómo un grupo de unos veinte o treinta caceroleros comenzó a rodear el busto de Nestor. El mismo que fue colocado hace poco tiempo junto a los de Perón y Eva. Gritaban desaforados. Insultaban, maldecían, escupían. Vociferaban su odio como si fueran dueños indiscutidos de la escena. Pero estábamos nosotros.

Si uno pudiera tomar distancia, diría que lo que se veía, parecía una de esas escenas características de regímenes depuestos que cada tanto se ven por televisión. En esos casos, los símbolos del poder caído son vilipendiados, derrumbados y ofendidos por la primer avanzada de los destructores del viejo orden. Obviamente estos casi nunca son los constructores del nuevo orden resultante de estos terremotos políticos, pero eso ya es harina de otro costal.


Lo importante, es resaltar que quienes estaban alrededor del busto, sentían eso. Lo central a marcar, es que quienes insultaban, escupían y vilipendiaban, tenían la fantasía de estar participando en el derrocamiento de un régimen.


Y es importante resaltar ésto, por dos razones. Primero y principal, porque muestra cuál es el grado de miopía política e histórica de estos sectores. Tienen a todos los grandes medios de comunicación promoviendo estos movimientos destituyentes. Es verdad. Representan a un sector -minoritario, pero un sector al fin- de nuestra sociedad. Es verdad. 


Lo que no logran visualizar, es que la correlación de fuerzas en nuestra sociedad, en el presente, hace imposible pensar en que un movimiento de estas características tenga éxito. No entienden que su aspiración máxima no puede ir más allá de expresar su propia impotencia e histeria. Impotencia e histeria que son consecuencia de no poder construir una alternativa política viable que les permita disputar el poder. Impotencia e histeria por no haber encontrado una figura o una identidad politica que catalice su malestar. Impotencia e histeria de no tener un Capriles a mano, que aunque pierda elecciones cada tres meses, les proporcione un liderazgo. 


En segunda instancia, es importante resaltar esta fantasía de fin de régimen porque, ligada al impulso destructivo de los que deciden derribar una estatua, nos muestra cuál es la idea de democracia de los que anoche blandían sus cacerolas. Para ellos, democracia y república son idénticos a ellos mismos, a sus prioridades y sus intereses. Y niegan, detestan y pretenden destruir todo lo que exprese otra idea de democracia, de Patria o lo que sea. Así de simple. De todas maneras, volveremos sobre este punto más adelante. 


Por lo pronto, volvamos al relato de los sucesos. En un momento, con la plaza aún semipoblada, un grupo empezó a empujar el busto de Nestor hasta que logró tirarlo al piso. Sí, los democráticos, los que piden diálogo y tolerancia, los que exigen respeto, no se contentaron con ensuciar y escribir en el símbolo, necesitaban derrumbarlo. 


Hay un instante en la vorágine de los hechos, en el cual uno deja de medir riesgos, de sopesar las consecuencias potenciales de sus actos, y necesita imperiosamente actuar. Anoche, en esa plaza, el instante fue ése. Cuando derribaron el busto de Nestor, sin necesidad siquiera de consultarlo entre nosotros, los compañeros que estabamos ahí salimos disparados hacia el lugar. Eramos cuatro. Como dije, tres hombres y una mujer embarazada. No confrontamos con los caceroleros. No discutimos. Sólo dijimos una cosa. Lo vamos a levantar. 


Y lo levantamos. Con la ayuda de algunos vecinos que estaban en la plaza y ante la mirada atónita e incrédula de los caceroleros, que empezaron a discutir entre ellos.  Y nos quedamos ahí, parados.  Custodiando el busto nuevamente en pie, hasta que quienes nos rodeaban se fueron alejando sin entender semejante osadía. 


Y aqui es que volvemos al punto anterior. Porque el tema es que ellos no entienden. Se creen tan dueños de esa argentinidad ancestral, de esa supuesta pureza republicana, tan europea ella. No conciben siquiera la posibilidad de que haya otros que tengamos otra idea de la argentinidad. Menos europea y mas latinoamericana. Menos elitista y mas popular. 


Y es que hay algo que hay que reconocerles. De veras expresan un modo de la argentinidad. El problema  es que esa argentinidad ancestral que ellos expresan, es la que niega cualquier otra forma de argentinidad. 


La historia de nuestra Patria está, lamentablemente, poblada de ejemplos de esa identidad negadora de otras identidades. En el discurso primero, y en la práctica despues, sus abanderados negaron la argentinidad de todos aquellos que tuvieron la osadía de proponer alternativas. Con la pluma, con la espada y la palabra. Desde mediados del Siglo XIX, vienen pretendiéndose los dueños de la única argentinidad posible. 


Y es que su argentinidad tiene como condición imprescindible ser negadora de otras. Lo mostraron despues de Caseros. Lo mostraron en la campaña al desierto. Lo mostraron en la década infame. Lo mostraron con la fusiladora. Lo mostraron, de manera terrible, entre 1976 y 1983.

Entonces ese odio, esa impotencia, esa histeria, no son otra cosa que la consecuencia del choque entre su argentinidad ancestral y negadora, y la realidad. Son fruto de la inmensa frustración que les provoca un presente en el cual perdieron el monopolio de la argentinidad. 



Durante casi toda la historia de nuestra Patria fueron los dueños del relato tanto acerca del pasado como respecto del presente. Desde sus manuales escolares y sus diarios de tirada masiva. Desde sus desfiles militares y sus canales de televisión. Pretendieron enseñarnos una historia caricaturizada en la que esa argentinidad ancestral, elitista y oligárquica, era verdad indiscutible. Por suerte no lo lograron.

Hubo momentos en que algunos osados se animaron a poner en tela de juicio ese orden, ese relato hegemónico. Los atacaron y los denostaron. Rosas el tirano. Facundo el bárbaro. Yrigoyen el mediocre. Perón el facista. Nestor y Cristina los montoneros resentidos.

Pero vemos que en realidad los resentidos son ellos. Porque aunque lo deseen no logran negarnos como Pueblo. Ellos necesitan negarnos como mayoría, y negar a los líderes que nos expresan para mantener la ficción de esa argentinidad oligárquica que sólo puede existir si nos niegan o nos barren de la historia. El exilio de Rosas es muestra de ello. La pretención de prohibir hasta el nombre de Perón es muestra de ello. El robo y ocultamiento del cadáver de Evita y los treinta mil desaparecidos, son las muestras más paradigmáticas de esta pretención de negarnos como Pueblo.

Cuando hablan despectivamente del relato para referirse a nuestro discurso respecto del pasado y el presente, no hacen otra cosa que transparentar su desprecio y su odio. Su impotencia y su histeria. Están ante un proyecto que se articula en base a otra idea de argentinidad. Y la sola existencia de ese proyecto y del relato que lo sustenta, desarma su idea de argentinidad negadora y hegemónica. 

Alguien podrá decir que no todos quienes participaron de las manifestaciones son tributarios de esto. Alguno podrá marcar incluso nombres propios y apellidos comprometidos antaño con la vigencia de la libertad, la democracia y los derechos humanos. Y es verdad. No todos los que cacerolearon añoran la Argentina de Sarmiento y Mitre, la de Rojas y Aramburu, o la de Videla y Massera. No todos son partidarios de esa argentinidad negadora de las mayorías.

El problema, queridos amigos que cacerolean cándidamente, es quién los expresa y los conduce políticamente. El problema no son sus buenas intenciones ni su honestidad. El problema es que son funcionales, una vez más, a los profetas del odio. Porque ellos, y no otros, son quienes se benefician si este gobierno se debilita. Ellos son quienes porotean en su mesa de arena del poder cada cacerola que suena en una equina.

Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. En nuestra historia, a su vez, el camino de los proyectos oligárquicos y antipopulares, está plagado de Urquizas y Lonardis, de Alfredos Palacios, Balbines e izquierdistas indignados que luego se arrepntieron de sus errores garrafales. 

Por eso la gravedad del episodio del busto de Néstor. Por eso lo peligroso de las pintadas reivindicando a Videla. Porque son amenazas. Porque pretenden ser el huevo de la serpiente de un nuevo proceso de invisibilización de las mayorías, que intenta reinstalar ese relato uniforme y esa argentinidad hegemónica y elitista.

Por suerte, nuestro Pueblo conoce y defiende como nadie sus propios intereses. En su historia demostró que no hay negación posible de la identidad de las mayorías. Cientos de veces levantamos nuestros símbolos mancillados por los profetas del odio. Y hoy los llevamos como bandera.

SABEMOS QUE ESTA VEZ NO PASARÁN.
PORQUE DE UNA VEZ Y PARA SIEMPRE, EL AMOR VENCE AL ODIO.


domingo, 7 de abril de 2013

LA MILITANCIA TAMBIEN ES EL OTRO. CRONICA DE LA SOLIDARIDAD


Por esas casualidades de la vida, no soy platense de nacimiento. 
De todas maneras, me considero platense por haber vivido más de treinta y cinco años, y hasta hace muy poco tiempo, en esa ciudad en la que crecí, estudié, en la que me hice hincha del club de mis amores y en la que comencé a militar políticamente.

Será por esas razones, sumadas a que en sus calles viven mi familia, y tantos amigos y compañeros de toda la vida, que la tragedia provocada por el temporal de lluvia del martes pasado me consternó y me angustió doblemente.

Luego de constatar telefónicamente que los afectos cercanos se encontraban bien, emprendimos el viaje con algunos compañeros para ponernos a disposición de aquello que hubiera que hacer. Lo mismo que nosotros hicieron otros cientos, con los que nos fuimos encontrando por la tarde del miércoles en la Unidad Básica de La Cámpora, en 6 entre 62 y 63. Enseguida, quienes estaban a cargo de organizar la ayuda en primera instancia, nos asignaron tareas, como a todos los allí presentes.

Cada vez que volvíamos al punto desde el cual se organizaba la asistencia a los más afectados, nos encontrábamos con más y más compañeros que la vez anterior. Y no paraba de llegar gente. Militantes, adherentes, conocidos, familiares y ciudadanos sin vinculación alguna con la organización, llegaban y se ponían a disposición. 

Esas primeras horas fueron las más difíciles. El número de víctimas aún no estaba claro y las versiones y rumores circulaban sin pausa, aumentando la ansiedad y la angustia. Los relatos acerca de las situaciones vividas nos iban dejando en claro a todos aquellos que no habíamos estado en la ciudad cuál era la gravedad de la situación e imponían la necesidad de moverse con la mayor celeridad posible.

Así se hizo, y salimos con lo que teníamos en ese momento a recorrer las barriadas más afectadas, intentando delinear colectivamente un panorama lo más certero posible de la situación. Nos encontramos con realidades muy complejas, a las que intentamos darles soluciones con las herramientas disponibles. 

Al día siguiente, el jueves, Unidos y Organizados instaló en la Facultad de Periodismo de la UNLP su comando central, desde el que organizaba la recepción de donaciones, la distribución de la mercadería y la logística necesaria para optimizar la ayuda y la asistencia a los damnificados.

Cada hora que pasaba, llegaban cientos de compañeros desde distintos puntos para ponerse a disposición de una maquinaria de ayuda y solidaridad que se fue construyendo y mejorando en la urgencia, y en la que cada uno de los presentes cumplía un rol. Fue en esas horas, cuando además de lo conmoción y la tristeza por las víctimas y los damnificados, comenzó a apoderarse de nosotros la conmovedora sensación de sentirse parte de una experiencia histórica de solidaridad.

Porque mucho se habla de la solidaridad. Pero pocas veces se la define tan clara y taxativamente como se la definió en estos días, y en la práctica, en la ciudad de La Plata. Porque la solidaridad no es (como pueden pensar y prediicar algunos) dar al otro aquello que nos sobra o no necesitamos. Eso, más allá de lo útil que pueda ser en momentos como este, es simplemente beneficencia, o a lo sumo caridad. La verdadera solidaridad, en cambio, es justamente poner a disposición del otro aquello que necesitamos, aquello que nos hace falta, aquello que no nos sobra. Solidaridad es entrega. Y ser solidario es poner en juego algo de lo propio (el tiempo, la salud, los bienes materiales, etc) en pos del otro.

Lo conmovedor de lo que vimos estos días fue entonces, justamente, ver cómo miles y miles de personas de distinta procedencia, y en distintos sitios, se puso a disposición de ese otro que, en esta oportunidad, eran los damnificados por la tragedia. Quienes formen parte de otros espacios institucionales, sociales, culturales, religiosos y hasta políticos, deben haber tenido una sensación similar en estos días de trabajo arduo. 

Pero la jauretcheana empiria, nos obliga a hablar desde la propia experiencia. Y esa propia experiencia, en este caso, está definitivamente atravesada por el sentirse parte de un proyecto político, el que encabeza nuestra Presidenta; el de pertenecer a una organización, que es La Cámpora; y el de haber formado parte del esquema de trabajo que planteó el espacio Unidos y Organizados. 

Para quienes no estuvieron allí, créanme si les digo que lo que vivimos los militantes en estos días, fue realmente conmovedor desde todo punto de vista: Cientos y cientos de compañeros, miles, poniéndose a disposición de un inmenso dispositivo de asistencia y solidaridad centralizado en la Facultad de Periodismo. 

Y entonces, vimos a militantes anónimos de distritos lejanos durante horas formando inmensas filas para el "pasamanos" de donaciones y mercadería, o cocinando un guiso para los evacuados. 

Y vimos a compañeros con distintos grados de responsabilidad cargando camiones o trasladando gente en un auto para llevar agua o velas a algún barrio.

Y también vimos a nuestros Diputados y Senadores, a nuestros Funcionarios, recorrer el territotrio, poniendo la cara, limpiando un basural o distribuyendo mercadería entre los más necesitados. 

Por supuesto, vimos a la Jefa, a nuestra Presidenta, venir el primer día después del desastre y acercarse a los vecinos afectados. Y volvimos a verla esta tarde, recorriendo escuelas para interiorizarse de la situación, estar cerca de los damnificados y brindarle ánimo a los que hace días no duermen para asistirlos.  

¿Entonces cómo no vamos a llevar con orgullo nuestras remeras y pecheras? Si nunca nos escondimos ni hicimos política a espaldas de la gente. Si basamos nuestra militancia cotidiana en la presencia en el territorio, en los barrios. Si fomentamos permanentemente la presencia de un Estado militante, sin intermediarios. Si somos solidarios todos los días... ¿Qué es lo que deberíamos ocultar? ¿Acaso tendríamos que avergonzarnos de ser aquello que somos?

Que algunos digan, desde la comodidad de sus escritorios o sus teclados de computadora, que pretendemos sacar provecho de una tragedia, es una canallada y una falta de respeto para los miles de militantes que pusimos el pecho sin especular para paliar las consecuencias de esta tragedia, mientras algunos de los agoreros de siempre escondían la cabeza debajo de la tierra. 

Pero es una canallada que no no debe sorprendernos si vemos de parte de quien viene, ya que lo que les molesta (y les molesta profundamente) es que exista esta juventud y esta militancia que crece, se organiza y se compromete con un proyecto de país que restituye y garantiza derechos para todos, todos los días. 

Como respuesta a la canallada, vale la reflexión de un compañero ya entrado en años, mientras retornábamos de una escuela que funcionaba como centro de distribución de donaciones y mercadería para los más necesitados. El dijo, llanamente y con una envidiable frescura: "¿Sabés que es lo bueno de militar acá? Que veo que forman a los pibes para militar haciendo el bien sin especular". 

Porque la militancia bien entendida, la militancia liberadora (esa que aprendimos de Eva, de Nestor y de los treinta mil compañeros desaparecidos), es inescindible del componente solidario, de ese hacer el bien al que se refería el compañero. Quien forma parte de un proyecto transformador y lo hace por convicción, necesariamente tiene que poner en juego su propio bienestar en favor del bienestar de los otros, tiene que arriesgar algo en pos de ese proyecto al que pertenece. Si no es así, la política puede ser posicionamiento o especulación, pero no es realmente militancia, porque como la Patria, la militancia también es el otro.

¿Cómo no vamos a sentirnos orgullosos entonces de esa militancia? 

Yo, como platense y como militante, estaré eternamente agradecido y orgulloso.

Orgulloso y agradecido por haber podido formar parte de esto. 
Orgulloso y agradecido de tener la Presidenta que tenemos.
Orgulloso y agradecido con esos compañeros que, incluso habiendo sido afectados por la inundación, llamaban por teléfono o se hacían presentes para ponerse a disposición.
Orgulloso y agradecido con los más de cuarenta y cinco compañeros que viajaron con nosotros desde Morón (como de tantos otros lugares de la Provincia y el país), faltando a sus trabajos, con las familias a cuestas y abandonando todo para ponerse a disposición de los que más lo necesitan.
Orgulloso y agradecido ante la frase "hay gente que necesita más que nosotros", como respuesta a la pregunta de si la familia de un compañero afectado necesitaba algo.
Orgulloso y agradecido con nuestros dirigentes, que sin veleidad alguna, asumieron su rol y se pusieron a la cabeza de este inmenso operativo de asistencia y solidaridad, en el que Estado, militancia y organizaciones  trabajaron de manera conjunta. 

Orgulloso y agradecido de que, como le escuché decir a otro compañero, esta juventud, esta militancia, esté dispuesta a dejar todo, solidariamente, para garantizar que los más humildes no pierdan nunca más aquellos derechos que les fueron restituídos, por ninguna causa, sea de la índole que sea. 

jueves, 6 de diciembre de 2012

SERA JUSTICIA


Un poder que se siente blindado. Que se siente a prueba de mayorías.
Un poder con reglas bizantinas, donde se dice sin decir y se actùa en las sombras.
Un poder que no rinde cuentas ante nadie más que ante sí mismo.
Un poder corporativo. Independiente de la voluntad popular pero no de los poderes fácticos.
Un poder que no paga impuestos, pero decide sobre los bienes de un Estado sostenido por quienes sí los pagamos.
Un poder que se presenta como apolítico pero tiene como fin último garantizar el statu-quo de la injusticia.
Un poder lleno de apellidos ilustres, de alcurnia, de hijos de hijos, de nietos de nietos, de amantes de amantes de otros integrantes de ese poder.
Un poder, el único de los llamados "republicanos", del que sólo una parte ínfima de la sociedad puede formar parte.
Un poder que convalidó los atropellos más salvajes a la dignidad de nuestro Pueblo.
Un poder que rechazó habeas corpus y no alzó la voz cuando se violaron flagrantemente los derechos humanos.
Un poder que fue funcional a la destrucción del Estado, sin medidas cautelares que frenaran el despojo y la entrega, pero actúa solicito para defender los intereses de los poderosos.
Un poder que huele mal, que huele a podrido y a contubernio.
Un poder que es parte de esa Argentina vieja, agonizante, que se resiste a perder los privilegios. 

Será Justicia, compañeros, no lo duden.
Y a esos que se sienten imbatibles e impunes, más temprano que tarde, les llegará la hora.
Porque la historia está de nuestro lado. Y como dice el poema de  Benedetti, "si no los despeina el viento, los va a despeinar la historia".

jueves, 15 de diciembre de 2011

JURAMENTADOS - Cinco instantáneas de la calle kirchnerista

JURAMENTADOS
Cinco instantáneas de la calle kirchnerista


PRIMERA POSTAL. LA ESMA

“Vengo a pedir perdón en nombre del Estado por la vergüenza de haber callado durante veinte años”, dijo Él. Y la vida de muchos de nosotros cambió para siempre.  

Ya habían pasado varios meses de gobierno y muchos militantes mirábamos con buenos ojos y hasta adheríamos tímidamente a algunos espacios que empezaban a expresar esa novedad política que nadie sabía aún definir con precisión.

Algunos lo habíamos votado y otros no, pero no importaba. Veníamos de varios y variados fracasos y la incredulidad y el escepticismo acumulados se fueron despejando poco a poco a fuerza de gestos, palabras y medidas desde el 25 de Mayo de 2003, cuando Él anunció que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno.

Pero ese día nos marcó a fuego. Por primera vez sentimos que un gobierno era nuestro gobierno y que un Presidente era nuestro Presidente. Ese día, por primera vez, nos sentimos kirchneristas.

Recuerdo que después del discurso, recorriendo el predio de la ya ex-ESMA, nos encontramos con varios compañeros con los que nos mirábamos de reojo, como incrédulos aún de lo que estábamos viviendo, pero con la certeza de estar viviendo un hecho histórico.

Recuerdo al Ruso, a Anita, a Matías y a tantos otros con los que habíamos compartido movilizaciones y asambleas, pequeñas victorias y –sobre todo- grandes frustraciones. Nadie sabía muy bien qué era lo que estaba pasando, pero todos sentíamos que a partir de ese día, ya nada iba a volver a ser como antes.

Recuerdo la vuelta, y el café con Miriam en el bar de la estación de Retiro, cuando sin decirnos nada y con la sonrisa todavía dibujada, nos juramentamos en silencio y por primera vez, respecto de que ésta era la oportunidad que como militantes no podíamos ni íbamos a dejar pasar.  


SEGUNDA POSTAL. LA 125

Esa noche de marzo de 2008 frente a la Plaza San Martín de La Plata éramos pocos compañeros. No más de cien. La Presidenta había pronunciado aquel discurso con la célebre frase que hacía alusión a los piquetes de la abundancia, y de repente las calles céntricas de las grandes ciudades se habían llenado de caceroleros que venían a escupirnos el asado.

Apenas habían pasado unos pocos meses de la elección presidencial y nos sorprendía y desconcertaba tanto odio. Ya éramos decididamente kirchneristas, pero hasta ese momento la defensa del proceso no había implicado para muchos de nosotros más que acompañar y aplaudir las medidas del gobierno, asistir a alguno que otro acto y militar en nuestros propios ámbitos. Pero esa noche había que poner el cuerpo de verdad.

La consigna de nuestro lado era simple: defender en la calle al gobierno y al proceso político iniciado en 2003. Más allá de eso, no teníamos certezas. Sabíamos que D´Elía y varios más marchaban a Plaza de Mayo a enfrentar a la avanzada de la derecha fogoneada insistentemente por los medios. Y eso nos tranquilizaba.

No puedo olvidar la cara desorbitada, otra vez de Miriam, con un póster de Evita en la mano y enfrentando orgullosamente los insultos y escupitajos de los caceroleros platenses que la observaban cual extraterrestre. Tampoco a Esteban, el escribano, poniendo en riesgo mucho más que su integridad física e insultándose con tanta gente bien de la ciudad a la que se cruzaba y seguiría cruzándose cotidianamente.   

Éramos pocos esa noche. Muy pocos. Muchos kirchneristas de café miraban por televisión lo que estaba pasando. Otros tantos especuladores célebres o anónimos comenzaron por esa fecha a mostrar la hilacha de su oportunismo.

Pero nosotros nos sentíamos un ejército de espartanos dispuestos a todo. Espalda con espalda y en notoria inferioridad de condiciones, descubrimos esa noche quienes eran nuestros verdaderos compañeros, esos que no iban a medir las consecuencias de poner toda la carne al asador por el proyecto nacional y popular.

También descubrimos que de ahí en más, al kirchnerismo habría que defenderlo en la calle. Y los menos de cien compañeros que estábamos esa noche en esa esquina, sin necesidad de decirlo, nos juramentamos a hacerlo


TERCERA POSTAL. 28 DE JUNIO

La noche se alargaba, y esperábamos -ya sin demasiada esperanza- que llegaran esos votos del conurbano profundo que dieran un vuelco en los números que nos mostraban las pantallas. Mi viejo repetía insistentemente que faltaba La Matanza, hasta que en un momento, con ese cierto desgano estoico que lo caracteriza, el Goyo le dijo aquello que ya todos sabíamos pero no nos animábamos a verbalizar: “Ya está. Perdimos”

No recuerdo exactamente cuantos segundos de silencio siguieron a esa sentencia, pero sí que parecieron décadas y que las lágrimas sordas que poblaban la cara de algunos compañeros trastocaron en sonoros llantos.  

Nos jugábamos mucho. Casi todo. O al menos, eso pensábamos muchos de nosotros. Había pasado la pelea por las retenciones y esperábamos y necesitábamos una victoria para poner blanco sobre negro que expresábamos a la mayoría de nuestro Pueblo. De yapa, Él era candidato.

Las luces se fueron apagando y lo que iba a ser una fiesta, se transformó en una lenta retirada. 

Desde la sede del Ateneo Jauretche, algunos pocos -decididos a escapar de la desolación individual- nos fuimos al local de la vuelta, de la J.P.Liberación. Ahí, cantamos la marcha una y mil veces con la mayor carga emotiva que sea posible imaginar, mientras Nacho y Matute tocaban el bombo sin parar, cual autómatas que se resistían  a darse por vencidos. Ni aún vencidos. Él –por suerte- tampoco se dio por vencido.

Terminamos bebiendo y analizando el nuevo mapa político hasta el amanecer.

Dolina sostiene que “es preferible compartir la derrota con los amigos que la victoria con los extraños y los indeseables”. Inmensa y metafórica forma de definir lo que significa constituir el núcleo de una fuerza homogénea en los peores momentos.

Esa noche, en la derrota y en la incertidumbre respecto del futuro, una vez más nos juramentamos: más allá del resultado final, íbamos a formar parte de la construcción de esa fuerza política. 


CUARTA POSTAL. LEY DE MEDIOS

Esperábamos una revancha de la noche del voto no positivo. La sensación generalizada era ésa: que esta vez nos tocaba ganar. Habíamos llorado y nos habíamos emocionado unas semanas antes con el discurso del Chivo Rossi cerrando la sesión de Diputados y ahora, en esa noche de primavera, esperábamos la votación del Senado como quien espera esa batalla que cambie el curso de los acontecimientos y modifique las condiciones generales a favor del campo nacional y popular.

Desde las elecciones del 28 de junio, el gobierno había avanzado en medidas que contradecían todos los manuales de la corrección política a partir de un razonamiento tan simple como inesperado: “Perdimos por no avanzar lo suficiente. Hay que profundizar”. Y vaya si se profundizó.

A esa altura era notable también la emergencia de una nueva militancia que –aún de manera inorgánica- iba incorporándose al proceso político, fundamentalmente desde los sectores juveniles. Miles de individuos y de pequeños colectivos que a partir de la 125 habían entendido que había que defender al gobierno en la calle. Los medios aún pretendían negar este fenómeno, que de a poco se tornaba imposible de ocultar.

Al principio, pocos confiaban en que realmente alguna vez la política se iba a animar a poner en caja a los dueños de la verdad. Pocos creían en la voluntad política del gobierno de enfrentarse a un grupo mediático que se sentía impune e invencible. Y de los pocos que confiaban, menos aún creían en que fuera a ser posible aprobar una ley en ese sentido. Por eso esa noche, la ansiedad cubría la plaza de los dos Congresos y sus alrededores.

Cuando la Ley se aprobó, la felicidad de esa plaza fue inversamente proporcional al desasosiego de la noche de la traición y el voto no positivo. Y entre los miles que nos abrazábamos en el festejo, entre los nuevos y los viejos militantes del proyecto nacional y popular, nos juramentamos en que de ahí en más sólo quedaba profundizar, y que no íbamos a dar ni un paso atrás.


QUINTA POSTAL. EL ADIÓS

El teléfono sonó varias veces esa mañana feriada por el censo. Lo miré de reojo tres o cuatro veces sin atender hasta que me dí cuenta de que algo grave había pasado. La quinta llamada, la que atendí, fue la que me dio la noticia.

Y no fue otra que Miriam -casi como si estuviera escrito desde aquella tarde en la ex-ESMA- la que desde el otro lado del teléfono, llorando a moco tendido, me gritó sin anestesia la noticia más triste que jamás me dieron.

Los recuerdos de ahí en más son confusos. La censista respetuosa del dolor. Las llamadas perdidas. Los mensajes de texto preguntando qué hacer. El zapping frenético esperando una desmentida que jamás llegó. La incertidumbre.

Finalmente, una certeza. Esa certeza que tuvimos decenas de miles de compañeros en todo el país: a la calle. A LA PLAZA. A esta altura de los acontecimientos, estaba más que claro que el proceso político se jugaba en gran parte en la movilización y muchos –si no todos- supimos ese día que había que salir masivamente a despedirlo a Él y a bancar a Cristina.

Después, el plenario en el Oesterheld  y el llanto de los compañeros. El viaje a la Plaza y el llanto de los compañeros. Las horas de cola para entrar a despedirlo y el llanto de los compañeros. Miles y miles de caras viejas y nuevas. Y el llanto de los compañeros.

Los pasacalles que rezaban “Nestor con Perón. El Pueblo con Cristina” y expresaban a miles. Lula, Chavez, Correa, Maradona. Miles y miles de caras viejas y nuevas despidiéndolo a Él y bancando a Cristina.

Miriam –una vez más- diciendo “se murió nuestro Perón”. Funes desencajado corriendo con el cortejo. La lluvia del viernes.

El descubrimiento. La esperanza. El juramento.

El descubrimiento de que ahí, en esa plaza, algo nuevo había nacido. Algunos dirán que una nueva identidad. Otros, un nuevo estadío del peronismo. Lo importante, sin embargo, era el descubrimiento de que algo nuevo había nacido.

La esperanza, en esos miles y miles de pibes que ese día –y fue ese día, más allá de cuándo se haya concretado la decisión- eligieron y decidieron ser parte de eso que había nacido y se incorporaron a la militancia.

El juramento. Ahora sí, de una vez y para siempre, no quedaba otro destino posible que el de la victoria definitiva del Proyecto Nacional y Popular.


COLOFÓN. MARCAS EN EL CUERPO

Las crónicas que anteceden son, ante todo, subjetivas postales de lo que significaron en la vida de algunos de nosotros estos casi nueve años de kirchnerismo. Como tales, son arbitrarias y parciales.

En ese sentido, la elección de las fechas, las personas y los lugares podría modificarse de acuerdo a las trayectorias y los mojones derivados de la propia experiencia -intrasferible- de estos años, sin que el sentido general del relato cambie de manera sustantiva.

Y es que más allá del cuándo, del cómo y del quiénes, estas instantáneas son apenas unas pocas de las decenas de miles de relatos individuales y colectivos posibles que den cuenta de la profunda transformación producida en la subjetividad de nuestro Pueblo desde 2003 a la fecha.

Podríamos cambiar en los relatos los nombres propios. O la ciudad de La Plata por la de Rosario. O la noche de la aprobación de la Ley de Medios por la de la sanción del Matrimonio Igualitario. Podríamos agregar los festejos del Bicentenario o la de la victoria en la recientes elecciones presidenciales. Podríamos partir de la experiencia de un pibe de 20 años o de un viejo militane de los setenta. Pero el sentido no se modificaría.

Podemos decir, entonces, que esas experiencias, que esas marcas en el cuerpo, que el kirchnerismo nos dejó a todos y cada uno de nosotros, son distintas, pero iguales. O equivalentes, para ser más precisos.  

Y es que una fuerza política como esta que estamos construyendo, transformadora, militante y con presencia en la calle, deviene necesariamente de la suma de esas subjetividades y de esas experiencias individuales y colectivas que el kirchnerismo nos dejó –por suerte y para siempre- marcadas en el cuerpo.  

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Nota publicada en el tercer número de la revista "Caracú", del Centro Cultural Héctor Oesterheld en La Campora


La revista será presentada:
- Viernes 16, Oesterheld CABA
- Sábado 17, Oesterheld La Plata
- Jueves 22, Oesterheld Mar del Plata
- Jueves 29, Oesterheld Necochea

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miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL OESTERHELD FRENTE A LA ETAPA POLÍTICA QUE COMIENZA - 17 DE NOVIEMBRE DE 2011


 

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DOCUMENTO POLÍTICO

EL CENTRO CULTURAL HECTOR OESTERHELD FRENTE A LA ETAPA POLÍTICA QUE COMIENZA




I- EL PROCESO INICIADO EN 2003 Y LA CONSTRUCCIÓN DEL KIRCHNERISMO

En las tristes y memorables jornadas Octubre de 2010, con la despedida a Néstor, emergió finalmente en las calles y las plazas de nuestra Patria el sujeto resultante del proceso histórico iniciado en 2003.

Como sucedió otras veces en la historia de nuestro Pueblo y sus luchas, llena de avances y retrocesos, de marchas y contramarchas, el azar combinado con la necesidad se fundieron en la figura de quien arribado desde el sur del sur, y casi desde el desconocimiento más absoluto, vino a hacerse cargo de la titánica tarea de reconstruir el Estado, la Patria y al movimiento nacional y popular, ultrajados todos ellos durante décadas por políticas contrarias a nuestros intereses, por traiciones y defecciones.

Es en el ciclo que va desde aquel 25 de mayo -tan remoto y tan reciente al mismo tiempo- hasta el último 27 de octubre, cuando el kirchnerismo va hilvanando su propia construcción como proyecto histórico, a partir fundamentalmente de su fuerte voluntad e iniciativa política transformadora, del aprovechamiento de las grietas producidas en el sistema de dominación, y de una particular sensibilidad para reconocer y transformar en políticas públicas las demandas de diversos sectores sociales.

Los ocho años transcurridos desde entonces, han sentado las bases de una transformación a favor de los sectores populares que sólo es comparable con la revolución producida por el primer peronismo, pero que nos impone a todos quienes nos sentimos parte del campo nacional y popular la inmensa responsabilidad de generar las condiciones políticas, sociales y culturales para que los avances y las conquistas obtenidas en este tiempo no sean coyunturales ni pasajeras y constituyan un piso imposible de perforar en el mediano y largo plazo.

Es en este contexto, que quienes formamos parte del Centro Cultural Héctor Oesterheld, como militantes comprometidos con este proceso político, entendemos que las elecciones presidenciales del 23 de octubre delimitaron el fin de una etapa cuyas características fundamentales fueron la recuperación del Estado, el desmantelamiento del andamiaje de dominación y la reconstrucción del movimiento nacional y que –por tanto- se imponen a todos los espacios y colectivos militantes nuevas tareas y responsabilidades de cara a una nueva etapa, cuyo principal desafío es la construcción de una fuerza militante y de mayorías que sea sostén y ariete para la consolidación del proyecto histórico encarnado por el kirchnerismo y para la profundización de políticas que garanticen de manera definitiva la justicia social, la independencia económica, la soberanía política y el imperio de la verdad y los derechos humanos.

Los primeros años del gobierno  Kirchner, fueron años de reconstrucción y legitimación del poder de un Estado devastado en su rol y su credibilidad por décadas de neoliberalismo. Con la crisis y el estallido del 2001 marcado a fuego, la inmensa mayoría de los actores sociales y políticos acompañaron este proceso de salida del infierno sin grandes cuestionamientos.

Incluso los sectores dominantes, quizás por temor a profundizar una crisis de gobernabilidad de la que aún no se había salido del todo, o con la expectativa de poder condicionar a un gobierno al que consideraban débil por su origen, no enfrentaron de manera frontal las políticas impulsadas y operaron en las sombras a través de quienes se mostraban como más permeables a no hacer olas ni avanzar demasiado.

El rol de la militancia en este primer momento, estuvo signado por la incorporación de aquellos sectores que –ligados a la resistencia y sin abandonar del todo sus prácticas surgidas al calor de la misma- fueron confiando poco a poco en el gobierno y comprendiendo la magnitud de la interpelación política del kirchnerismo, que no venía a remendar un modelo en decadencia si no a fundar un nuevo proceso político.  Las llamadas organizaciones sociales y los organismos de derechos humanos son los ejemplos más contundentes de esto. También fueron los años en los que a partir de la idea de la transversalidad se acercaron diversos sectores provenientes de un progresismo frustrado por la experiencia del FREPASO y la debacle de la ALIANZA.

El pejotismo tradicional, por su parte, osciló entre un cierto acompañamiento a desgano y más por necesidad que por convicción, la pretensión de condicionar el rumbo emprendido y/o el enfrentamiento liso y llano. Esto comenzó a resolverse en las elecciones legislativas de 2005, cuando el Frente Para la Victoria derrotó de manera contundente al duhaldismo en la Provincia de Buenos Aires.

Podría pensarse que,  en esta primera etapa, el kirchnerismo era aún una identidad en construcción y expresaba una amalgama de viejas prácticas a veces hasta contradictorias, y el rol de la militancia no iba mucho más allá de acompañar el proceso y canalizar demandas de los sectores más postergados.

Con la asunción de nuestra Presidenta en 2007, se inicia un nuevo momento, en  el cual un gobierno que había reconstruido las funciones básicas del Estado y recuperado su legitimidad, emprende de manera decisiva la tarea de consolidar lo logrado hasta ese momento y avanzar en la  construcción de un modelo de país con autonomía nacional y justicia social.

Esto implicó una dura puja con los poderes fácticos de nuestro país, que no estaban dispuestos a resignar de buena manera los privilegios obtenidos durante décadas de políticas antinacionales y antipopulares. El conflicto con la patronales agropecuarias alrededor de la Resolución 125, marcó el comienzo de una nueva etapa signada por una agresividad inusitada de los sectores dominantes hacia el gobierno, al punto de intentar instalar un clima destituyente que pusiera fin al mismo o al menos lo condicionara fuertemente. En este marco, aquellos que de manera especulativa y/o oportunista habían acompañado hasta aquí al kirchnerismo, se alejan en busca de los calores del poder, previendo el fin del proceso iniciado en 2003.

La respuesta del gobierno, a contramano de los manuales construídos por la clase política desde el retorno democrático, fue la de enfrentar la resistencia de los sectores del privilegio y profundizar el camino emprendido. La estatización de las AFJP y Aerolíneas Argentinas, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la Asignación Universal por Hijo y el Matrimonio Igualitario, fueron algunas de las respuestas que dio el kirchnerismo ante la agresión de los poderes fácticos y la pretensión de los mismos de construir un relato distante de la realidad efectiva que les garantizara mantener la hegemonía ejercida durante décadas.

Es a partir de este momento cuando el proceso político adquiere una nueva dinámica, y la movilización social y la militancia vuelven a adquirir una relevancia que parecía abandonada en el arcón de los recuerdos de la política argentina, y cuando decenas de miles de jóvenes ganan la calle y comienzan a organizarse en defensa de un gobierno del que ya no podían caber dudas respecto de sus intenciones reparadoras.

La nueva y la vieja militancia comienzan a constituirse en diversos colectivos políticos, sociales y culturales signados por la heterogeneidad y por procedencias, prácticas y expectativas diversas que confluyen paulatinamente en una nueva identidad: el kirchnerismo. El proceso de movilización va adquiriendo poco a poco una mayor organicidad, aunque signada aún por cierto espontaneísmo y heterogeneidad. Así, lo que al mismo tiempo enriquece en primera instancia el proceso, dificulta la consolidación de herramientas políticas que den cauce organizativo y político a lo nuevo.

Es en el marco de esas luchas, de esas movilizaciones, cuando el kirchnerismo termina de consolidarse como proyecto histórico de los sectores populares, lo que comienza a ser inocultable a partir de los festejos del Bicentenario y que adquiere una magnitud aún mayor en las jornadas de octubre de 2010, cuando el Pueblo –y especialmente la juventud- despidieron a Nestor Kirchner de manera masiva.


II-    EL KIRCHNERISMO COMO IDENTIDAD Y COMO PROYECTO HISTÓRICO

Ningún proyecto histórico de corte popular nace de sí mismo, si no que abreva en y es heredero de tradiciones y proyectos históricos pretéritos a los que viene a rescatar y resignificar en un nuevo contexto, amalgamando viejas y nuevas identidades y –fundamentalmente- conjugando demandas del pasado con otras surgidas en la actualidad reciente.

En ese sentido, creemos que el debate acerca de si el kirchnerismo es una etapa más o será una identidad superadora del peronismo, que se da en ciertos ámbitos en el presente, posee relevancia política, intelectual y cultural, pero no es determinante ni excluyente respecto de la acción concreta y del rol de la militancia en la actualidad.   

Quienes formamos parte del Centro Cultural Héctor Oesterheld, sintiéndonos parte de un movimiento nacional y popular que asumió diversas identidades a través de nuestra historia, creemos que lo central es reconocer en el kirchnerismo al nuevo proyecto histórico que expresa los intereses de las mayorías y de los sectores populares, y que más allá de los rótulos, logró construir una nueva síntesis que abreva y tiene como pilar fundamental al peronismo, pero que –heredando también la tradición movimientista del mismo- de ninguna manera es excluyente respecto de otras identidades y tradiciones.

En nuestra historia, el proyecto nacional adquirió diversas formas e identidades tanto desde el ejercicio del poder estatal en los momentos de avance popular, como desde la resistencia en las etapas de hegemonía de las clases dominantes. Así como en el siglo XIX el embrión de un proyecto nacional y popular fue sembrado por los hérores de la Independencia y expresado con posterioridad por el primer federalismo y los caudillos del interior y sus montoneras; fue el Yrigoyenismo a comienzos del siglo XX el que  constituyó la identidad política mayoritaria de los sectores populares cuando entró en crisis el modelo agroexportador y dependiente.

En ese sentido, es indiscutible que el peronismo ha sido, desde mediados del siglo pasado, la identidad de la clase trabajadora y los sectores subalternos, ya que en tanto proyecto histórico que se concretizó desde el Estado, logró sintetizar las demandas, expectativas y anhelos de la inmensa mayoría de nuestro pueblo durante décadas.

Y esto es así,  más allá de las traiciones y defecciones de muchos dirigentes que después del retorno democrático y con mayor desparpajo durante el menemato, pretendieron alvearizarlo y transformar esa identidad política, social y cultural esencialmente revulsiva y transformadora del orden de las clases dominantes, en un simple rótulo partidocrático y demoliberal gerenciador del statu-quo, al que podemos definir como pejotismo. En ese sentido, el kirchnerismo vino a restituir al peronismo su condición de hecho maldito, retomando su carácter transformador .

No puede caber dudas acerca de que el kirchnerismo es heredero de la inmensa tradición del movimiento nacional y popular y –sobre todas las cosas- es hijo del peronismo y que –como tal- expresa fundamentalmente esta identidad que fue durante más de sesenta años la expresión de los sectores populares en nuestro país. No obstante, así como expresa una continuidad de esa tradición, es imposible no reconocer que la misma se ha enriquecido a partir de la incorporación de otras tradiciones y experiencias de lucha de nuestro pueblo

El kirchnerismo, entonces, es peronismo. Pero el kirchnerismo es también hijo y heredero de la militancia transformadora de la juventud de los setenta, como así también lo es de la lucha de los organismos de derechos humanos y de la resistencia al neoliberalismo de los noventa. 

Quienes piensan al kirchnerismo como un simple liderazgo partidario más, pierden de vista su dimensión en tanto nuevo proyecto histórico de los sectores populares, que incorpora al tronco de un movimiento nacional y popular frentista por definición, nuevas demandas, tradiciones, prácticas e identidades.

Y quien mejor comprendió esto, fue Néstor Kirchner, que entendió que para construir una Patria con Justicia y Autonomía era imprescindible la reconstrucción de un movimiento nacional y popular dinámico, que rescatando lo mejor de sus tradiciones, incorporara nuevos sectores e incluyera otras identidades forjadas al calor de la resistencia a la dictadura y el neoliberalismo.

En ese marco es que consideramos que el kirchnerismo es peronismo en su mejor versión: transformadora, revulsiva y frentista; y que uno de los grandes desafíos de la etapa que comienza es que el peronismo sea a partir de ahora necesariamente kirchnerismo, en tanto el proyecto histórico que este encarna expresa un nuevo momento del movimiento nacional.


III- EL KIRCHNERISMO, LA MILITANCIA Y LA BATALLA CULTURAL

La idea de batalla cultural atraviesa el discurso de la intelectualidad que se siente parte de nuestro proyecto; como también de algunos sectores que se oponen al mismo. Nuestra Presidenta, en varias oportunidades ha hecho referencia a esta idea. Pero: ¿Qué significa esta batalla cultural? ¿Qué implicancias tiene y que tareas específicas impone a quienes como militantes provenientes del ámbito de la cultura nos sentimos parte de este proceso?

En el marco que venimos analizando, la idea de batalla cultural es inseparable de la idea de disputa por la hegemonía en una sociedad, y tiene implicancias respecto de lo político, lo histórico y lo específicamente cultural. En los relatos acerca del pasado, el presente y el futuro que confrontan en la Argentina y en la Latinoamérica de hoy, subyacen proyectos políticos, sociales y culturales antagónicos, que responden a intereses y cosmovisiones contrapuestas.

Consideramos que del resultado de esa disputa ideológica y cultural depende en gran medida la viabilidad de consolidar y profundizar en el mediano y en el largo plazo en nuestro país y nuestra región un proyecto que se sustente en y gobierne para las mayorías.

La reciente victoria electoral del 23 de octubre, con todo el aparato cultural y mediático de los sectores  dominantes intentando horadar las bases de sustentación de nuestro proyecto y la legitimidad de nuestra conductora y Presidenta, ha sido aleccionadora y esperanzadora respecto de la conciencia que nuestro Pueblo acerca de sus propios intereses. También en otros países de la región, con los que compartimos historias, intereses y proyectos comunes, ha habido rotundas muestras de que los Pueblos de Sudamérica se han puesto de pie en defensa de los gobiernos populares surgidos en estos años. Pero no hay que confundir el consenso social coyuntural, o las victorias electorales que expresan ese consenso, con una victoria cultural o ideológica que ponga fin a la hegemonía de los sectores del privilegio.

Años de aquello que Jauretche denominaba colonización pedagógica y que no es otra cosa que el conjunto del aparato mediático, cultural y educativo puestos al servicio del relato construído por los sectores dominantes a imagen y semejanza de sus intereses, han calado hondo en el sentido común de nuestras sociedades y fundamentalmente de los sectores medios de las mismas, que si bien pueden acompañar de manera esporádica los proyectos de corte popular, suelen ser permeables a la retórica de los sectores dominantes.

Desandar décadas de hegemonía implica plantearse una disputa de largo plazo para la cual hay que construir herramientas y delinear estrategias específicas para una batalla que es integral, que se libra en diversos ámbitos.y que es esencial para la consolidación del camino emprendido.

El sistema educativo es uno de esos espacios de disputa, en el cuál tanto en los contenidos como en las prácticas concretas de los diversos actores y agentes del sistema subyacen esas cosmovisiones en disputa respecto del futuro. Mucho se ha avanzado en este espacio en los últimos años, más allá de  todo el camino que falta recorrer. Las iniciativas ligadas a la política de derechos humanos y a la revisión del pasado, por ejemplo, tuvieron hacia el interior del sistema educativo un efecto fundamental a la hora de poner en crisis los relatos tradicionales acerca del pasado –reciente o no- y a comenzar a derrumbar el mito de una objetividad ficticia y funcional a los intereses dominantes.

El debate alrededor de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual fue otro hito en esta batalla cultural, no sólo por sus implicancias respecto de la legislación, si no –y fundamentalmente- porque puso al descubierto ante amplios sectores de nuestro Pueblo los intereses que se mueven detrás de la supuesta objetividad e independencia de los grandes medios de comunicación.   

También los festejos del Bicentenario de la Patria tuvieron un fuerte efecto en la reconsideración de muchos sectores sociales respecto de la historia de nuestro país, confrontando fuertemente con los relatos de la historiografía liberal. La fuerte impronta latinoamericanista de los festejos evidenciaron al mismo tiempo otra matriz ideológica, distinta de la tradicionalmente propuesta por los sectores dominantes, eurocéntrica y antipopular.

Podríamos continuar citando experiencias aisladas o articuladas que en estos años aportaron en esta batalla cultural  que puso en cuestión como nunca antes en nuestra historia la hegemonía cultural de los sectores del privilegio. Iniciativas como el canal Encuentro; películas como “Belgrano” o “Revolución. El cruce de los andes”, son algunos de las decenas de ejemplos que podríamos dar y que han aportado de distintas maneras a la construcción de otro relato, más acorde con los intereses de nuestro país y de nuestro pueblo.

Sin embargo, si pensamos que la etapa que se abre es la de la profundización y consolidación del proyecto nacional y popular, en su dimensión cultural e ideológica, creemos que esta profundización implica el salto cualitativo de la puesta en crisis de la hegemonía de los sectores dominantes a una disputa abierta y sin concesiones por la  hegemonía cultural en nuestras sociedades, que garantice la continuidad y la permanencia de los proyectos proyectos populares en el mediano y largo plazo.

Esto implica necesariamente la construcción de herramientas y de estrategias que articulen las experiencias existentes, que sumen nuevos actores e iniciativas y que –fundamentalmente- ayuden a construir una praxis integral, que opere sobre la realidad y sobre el ámbito de la cultura. La construcción de una política cultural que dé cuenta de esta nueva etapa y de sus necesidades nos pone ante nuevos desafíos pocas veces encarados por la militancia de manera sistemática, y es el rol de aquellos espacios e individuos provenientes de los diversos ámbitos ligados a lo cultural, asumir la tarea de delinear, pero sobre todo de accionar de manera conjunta en los próximos años.

En el ámbito de lo que comúnmente se denomina el espacio cultural, conviven en realidad diversos componentes con tradiciones, prácticas e identidades diversas y que, de cara a la construcción y consolidación de una política cultural del kirchnerismo deben ser tenidas en cuenta, articuladas entre sí y con las áreas del Estado pertinentes y dotadas del máximo grado de organicidad posible teniendo en cuenta sus particularidades.

Las áreas de cultura  de las diversas organizaciones políticas del kirchnerismo; los colectivos culturales militantes que se sienten identificados y parte de este proceso; los artistas populares que adhieren en distinto grado y con diversa organicidad al mismo; los integrantes de los medios de comunicación que son parte del campo nacional y popular; y el sector del campo intelectual y académico que acompaña y ayuda a dar sustento teórico al kirchnerismo en tanto proyecto histórico; son algunos de los actores que pueden y deben ser integrados en una política cultural que se proponga cumplir su papel como parte del movimiento nacional y popular en la profundización y consolidación de este proceso.


IV- NECESIDAD DE CONSOLIDAR LA FUERZA ORGANICA DEL KIRCHNERISMO

Entre el 27 de octubre de 2010 y la abrumadora victoria de Cristina el 23 de octubre, pasó casi un año cuyas características distintivas fueron cierto desconcierto de los sectores dominantes y la incorporación de decenas de miles de jóvenes a la militancia del Proyecto Nacional. Un nuevo sujeto movilizado que comenzó a organizarse y verse a sí mismo como el garante de la continuidad y de la profundización del proyecto político encabezado primero por Néstor y conducido ahora por Cristina Fernández de Kirchner.

A diferencia de las etapas descritas anteriormente, se combinan en la coyuntura actual tres elementos que definen un escenario novedoso y promisorio, pero plagado de desafíos. En primera instancia, la abrumadora victoria electoral del 23 de octubre puso blanco sobre negro respecto de la representatividad y el liderazgo ejercido por Cristina en vastos sectores de nuestra sociedad, que aprueban y avalan las políticas impulsadas desde 2003.

Este liderazgo ejercido sobre la amplia base social que sustenta este proceso, está a su vez acompañado por un reconocimiento general del conjunto de los actores que acompañan este proceso y forman parte del movimiento nacional, respecto de la indiscutible jefatura política del mismo por parte de nuestra Presidenta, a quien ya nadie discute como conductora.

Por último, estos dos elementos se combinan con la firme decisión de Cristina de construir y consolidar la fuerza orgánica de este proceso político  con eje en ese nuevo sujeto surgido al calor de las batallas emprendidas por el kirchnerismo, y que no es otro que una juventud movilizada y organizada. La demanda repetida en numerosas oportunidades por diversos sectores de la militancia nacional y popular desde el 2003 hasta la actualidad, el reclamo de construir la “fuerza propia” de este proceso político, pierde actualidad desde el momento en el cual nuestra Presidenta toma la decisión política de construir esa fuerza que canalice y de cauce a la militancia más genuina del proyecto nacional.

En este marco, de entre todas las organizaciones surgidas al calor de este proceso político, La Cámpora adquiere una relevancia especial por ser la que canaliza a la inmensa mayoría de la nueva militancia y por ser la organización a la que quien la conductora de este proceso político decide encomendarle la tarea de convertirse en la principal herramienta de construcción de la fuerza propia del kirchnerismo y en el factor ordenador de la política. 

Si a esto le sumamos que una de las características fundamentales de este proceso político ha sido que la conducción del mismo –desde 2003 a la fecha- ha sido quien impulsó la agenda transformadora por sobre cualquier demanda parcial o sectorial, interna o externa, no quedan dudas respecto de que la tarea de toda la militancia genuinamente comprometida con este proyecto es la de fortalecer y consolidar el espacio que encarne de manera más clara la organicidad del kirchnerismo.

En un contexto en el cual los sectores dominantes están agazapados esperando el primer traspié para volver a intentar debilitar al gobierno, y en el marco de un proceso cuyo sustento político, social y electoral sigue siendo un amplio espacio en el que conviven militantes y dirigentes genuinamente comprometidos con otros que adhieren a desgano o por especulación, no hay tiempo que perder y es imprescindible que los sectores que acompañan a este proceso político por convicción estén organizados y se constituyan como la principal herramienta de disputa, defensa, movilización y consolidación del kirchnerismo.

Hemos visto como los discursos y la prácticas que pretenden condicionar o tensionar al gobierno, aunque abreven en un discurso de izquierda y transformador, no hacen otra cosa que ser disruptivos del proceso e incluso funcionales a los sectores más especulativos y menos transformadores del pejotismo, que si bien acompañan este proceso, suelen –y la historia reciente lo demuestra- ser proclives a acordar con los sectores dominantes en nombre de una supuesta política de diálogo que no parte de otra premisa posible que la de hacer la concesión de no profundizar este proceso.

Si como dijimos, creemos que el kirchnerismo es la identidad un nuevo proyecto histórico favorable al campo nacional y popular, y si entendemos que el sujeto de ese proyecto emergió finalmente en las jornadas de octubre del año pasado, llegó la hora de abandonar definitivamente las vanidades personales y colectivas, de desterrar la especulación política y de subordinar los intereses parciales –por más genuinos que sean o parezcan- al interés general y a las necesidades de un proceso que necesita la consolidación de esta fuerza propia.

El momento político en que nos encontramos es una bisagra en nuestra historia, en la cual lo que está en juego es la consolidación en el largo plazo de un proyecto de corte nacional y popular que termine definitivamente con la Argentina del privilegio y la sumisión ante los poderosos. Décadas de luchas de nuestro pueblo, miles de vidas entregadas en pos de un país más justo, y –fundamentalmente- los millones de humildes de nuestra Patria, nos imponen la obligación de actuar con responsabilidad, compromiso y generosidad política para no dejar pasar esta oportunidad única.

Para ello, es imprescindible que el conjunto de la militancia de un salto cualitativo y deje atrás la fragmentación, la especulación y el ombliguismo, y se entregue a la tarea de construir y consolidar la fuerza política que sea capaz de garantizar la continuidad y la profundización del proceso iniciado en 2003, y que logre trascenderlo en el largo plazo. Contamos con el liderazgo y la decisión de nuestra Presidenta y con el acompañamiento de nuestro Pueblo.

Es en este marco, que quienes integramos el Centro Cultural Héctor Oesterheld, decidimos incorporarnos a La Cámpora, ya que creemos que es esta organización la que mejor expresa al kirchnerismo como identidad política, la que nuestra conductora ha elegido como eje para la construcción de la fuerza propia, y la que el nuevo sujeto juvenil vislumbra como la herramienta para su incorporación a la política.

Lo hacemos desde nuestra especificidad y nuestra historia como colectivo político-cultural, con la convicción de que tenemos un rol que cumplir, en el marco de esta  batalla cultural a la que hicimos referencia, y sin más pretensiones que la de asumir la tarea que nos compete como militantes en este proceso de liberación nacional y social iniciado en Mayo del  2003 por Néstor Kirchner, y continuado y profundizado hoy por nuestra Presidenta, Cristina Fernández de Kirchner.


17  DE NOVIEMBRE DE 2011

CENTRO CULTURAL HECTOR OESTERHELD
En LA CAMPORA